I
Uno de los principales beneficios de la
soltería:
la movilidad del deseo.
Ser uno en él.
Una línea que se
lanza sobre el espacio en blanco.
Lo vierto sobre pasatiempos burdos y
se apacigua un rato.
Lo que obtengo es tiempo libre para la
escritura,
pero todavía más para la lectura.
He terminado tres
novelas en un par de semanas.
Tenía tiempo sin sentir esa
vertiginosidad de la ficción;
el transitar por otros estados de
emociones;
alcanzar horizontes volátiles a costa de la inmersión de la
mirada en individuaciones lejanas.
Vértigo,
puro y sublime vértigo.
Alegría también.
Eso en
lo que toca a la lectura,
sobre escribir...
sigo sintiéndome
incómodo en cada entonación.
No es que esté buscando la voz
apropiada,
he dejado de creer en eso hace tiempo,
pero quiero que los
afectos que me atraviesan encuentren su terreno adecuado,
bajo,
alto,
abierto o cerrado...
el suyo,
sea como sea.
La velocidad es cosa distinta:
la persigo,
me
evade,
mismo cuento vez tras vez,
pero nos encontramos en algún
momento,
puedo verla de reojo en el tránsito de una idea a otra.
Y
está también el momento de leer lo que he escrito,
la solemne
lectura en voz baja que por su propia composición me obliga a
reparar en lo ridículo de todo este asunto.
!Y me causa gracia el
juego!
este ingénuo construirme -tan mal- en cada frase,
no sólo
las que aquí dejo,
sino las de las pláticas,
entre sábanas,
café
o cervezas.
Un mero juguete del lenguaje que –aburrido– se diluye
entre los cuerpos.
Y sin embargo tiendo la trampa de explicarlo a
otros,
siendo que sé que es al revés,
él juega explicándome,
encubriéndome con nombres y apellidos titánicos
que añado a
mis anécdotas:
“siempre he pensado eso que leí en un poema de
Pound, (¿o era de T. S. Eliot?)”,
“recuerdo cuando leí The sound
and the fury y no pude evitar...”,
“sí, Rulfo es quizá mi
escritor favorito cuando se trata de espectros...”
Puede llegar a
ser divertido,
patético: ¡claro!,
pero también divertido.
Hoy
será...,
hoy también será...
II
Y sí, también puedo verme a la distancia, como si fuera un narrador externo. No es algo que me guste del todo, pero si logro concentrar la dosis suficiente de extrañeza, las cosas pueden ponerse incluso entretenidas, no para mí, claro, que me encuentro en "la situación", en el nudo dramático, sino para esa "conciencia" que observa desde el reflejo, desde un impersonal, donde se escucha: "eso está pasando", sin un "mí" o un "yo" que signifique e interprete el asunto, el acontecimiento.
Y vaya que hay que saber hasta qué punto se requiere la sobriedad de un guionista o de un director de cine, para tener la perspectiva adecuada y componer bien las escenas… Yo no lo sé.
III
De nuevo lo he encubierto todo detrás de palabrerías burdas. Lo que quería decir es que soy un sinvergüenza, no entiendo del todo esta necesidad de humillar al personaje que voy si(gui)endo, ¡como si en verdad creyera en la denigración! Es cuando noto que estoy en el mero proceso de la experimentación, que soy un niño echando sal al camino de un caracol, y al mismo tiempo lo voy guiando con una ramita. Me encanta tejer tramas.
Por eso nunca he sido "bueno" cuando se trata de ir a fiestas con quien sea que esté "saliendo", porque inmediatamente algo en mí empieza a fabular, de la manera más superficial y vulgar –al modo de una telenovela mala–, con quién será que pueda armar una escena, tender una trampa, encontrar un aliado con el cual aspirar a la traición.. para, al final, regresar cobarde al terreno conocido. Me pasaba con Juan Pablo, me pasaba con Irving y me sigue ocurriendo hasta con las simples citas de fin de semana: "hay que invocar las fuerzas del caos", "juguemos al señor telenovela", "la vida es una canción mala, de un bar cualquiera". Miserias y miedos. Y algo de encanto liberado por aquí y por allá, sin ningún cuidado y con la línea tan marcada, que estoy al borde de la peor poesía y la más insípida narrativa.