viernes, 27 de julio de 2012

Espectrografía



Papeles circulan sobre superficies,
Las migajas de otros mundos ya idos
Se trata más bien de invocar los aliados
Ni visita, ni viaje… derrames

Los efectos de la destrucción
Bombas simultáneas en el mapa
En el sur una mirada poblada
En el norte estoica fe

Esquiva, éxito, desplazamiento
Estabilizar, provisiones, recoon.,
Ubicación, punto de guardado.

Esquiva, desplaza, control de daños
estabilizar, contraatac…, estabilizar,
ubicación, punto de guardado. 

miércoles, 25 de julio de 2012

Con tanta narración se me estaba olvidando el acontecimiento, que sólo puedo descifrar a la distancia: mi desesperación innombrada en los días iguales y distantes, contiguos sucesos insípidos que fisuran lo real desde nuestro más temido afuera...

martes, 17 de julio de 2012

Deseo

Un día será el mundo con su impersonalidad soberbia contra mi extrema individualidad de persona, pero seremos uno solo. 

miércoles, 11 de julio de 2012

I


Uno de los principales beneficios de la soltería:
la movilidad del deseo.
Ser uno en él.
Una línea que se lanza sobre el espacio en blanco.
Lo vierto sobre pasatiempos burdos y se apacigua un rato.
Lo que obtengo es tiempo libre para la escritura,
pero todavía más para la lectura.

He terminado tres novelas en un par de semanas.
Tenía tiempo sin sentir esa vertiginosidad de la ficción;
el transitar por otros estados de emociones;
alcanzar horizontes volátiles a costa de la inmersión de la mirada en individuaciones lejanas.
Vértigo,
puro y sublime vértigo.
Alegría también. 


Eso en lo que toca a la lectura,
sobre escribir...
sigo sintiéndome incómodo en cada entonación.
No es que esté buscando la voz apropiada,
he dejado de creer en eso hace tiempo,
pero quiero que los afectos que me atraviesan encuentren su terreno adecuado,
bajo,
alto,
abierto o cerrado...
el suyo,
sea como sea.

La velocidad es cosa distinta:
la persigo,
me evade,
mismo cuento vez tras vez,
pero nos encontramos en algún momento,
puedo verla de reojo en el tránsito de una idea a otra.

Y está también el momento de leer lo que he escrito,
la solemne lectura en voz baja que por su propia composición me obliga a reparar en lo ridículo de todo este asunto.
!Y me causa gracia el juego!
este ingénuo construirme -tan mal- en cada frase,
no sólo las que aquí dejo,
sino las de las pláticas,
entre sábanas,
café
o cervezas.

Un mero juguete del lenguaje que –aburrido– se diluye entre los cuerpos.
Y sin embargo tiendo la trampa de explicarlo a otros,
siendo que sé que es al revés,
él juega explicándome,
encubriéndome con nombres y apellidos titánicos
 que añado a mis anécdotas:
“siempre he pensado eso que leí en un poema de Pound, (¿o era de T. S. Eliot?)”,
“recuerdo cuando leí
The sound and the fury y no pude evitar...”,
“sí, Rulfo es quizá mi escritor favorito cuando se trata de espectros...”
Puede llegar a ser divertido,
patético: ¡claro!,
pero también divertido.

Hoy será...,
hoy también será...




II

Y sí, también puedo verme a la distancia, como si fuera un narrador externo. No es algo que me guste del todo, pero si logro concentrar la dosis suficiente de extrañeza, las cosas pueden ponerse incluso entretenidas, no para mí, claro, que me encuentro en "la situación", en el nudo dramático, sino para esa "conciencia" que observa desde el reflejo, desde un impersonal, donde se escucha: "eso está pasando", sin un "mí" o un "yo" que signifique e interprete el asunto, el acontecimiento. 
Y vaya que hay que saber hasta qué punto se requiere la sobriedad de un guionista o de un director de cine, para tener la perspectiva adecuada y componer bien las escenas… Yo no lo sé. 



III

De nuevo lo he encubierto todo detrás de palabrerías burdas. Lo que quería decir es que soy un sinvergüenza, no entiendo del todo esta necesidad de humillar al personaje que voy si(gui)endo, ¡como si en verdad creyera en la denigración! Es cuando noto que estoy en el mero proceso de la experimentación, que soy un niño echando sal al camino de un caracol, y al mismo tiempo lo voy guiando con una ramita. Me encanta tejer tramas. 

Por eso nunca he sido "bueno" cuando se trata de ir a fiestas con quien sea que esté "saliendo", porque inmediatamente algo en mí empieza a fabular, de la manera más superficial y vulgar –al modo de una telenovela mala–, con quién será que pueda armar una escena, tender una trampa, encontrar un aliado con el cual aspirar a la traición.. para, al final, regresar cobarde al terreno conocido. Me pasaba con Juan Pablo, me pasaba con Irving y me sigue ocurriendo hasta con las simples citas de fin de semana: "hay que invocar las fuerzas del caos", "juguemos al señor telenovela", "la vida es una canción mala, de un bar cualquiera". Miserias y miedos. Y algo de encanto liberado por aquí y por allá, sin ningún cuidado y con la línea tan marcada, que estoy al borde de la peor poesía y la más insípida narrativa.

lunes, 9 de julio de 2012


...

Y toda esa
palabrería burda
para no decirte
que te extraño y
que cada día me
esfuerzo para no
hablarte e
invitarte al cine

aunque sea para
verte un rato y
comentar
tonterías.*

____

* SMS que sigue en la carpeta de borradores del celular.

domingo, 8 de julio de 2012

...

Al final del día ya no estoy seguro de por qué advino el nada precipitado –y, por tanto, tan esperado– final. No sé si fue la desesperación de mis días o la indiferencia de los tuyos.

Hay algunos en que me creo la versión de que fueron mis pedos mentales: mi síndrome de insatisfacción crónica, mi falta y mi deseo los que abrieron la línea de fuga por la que salí huyendo. Cuando eso pasa, pienso en lo terrible que debió ser para ti soportar cada uno de esos momentos: cada tarde, cada hora frente a frente e incluso cada taza de café con leche o té frente al televisor; cada vuelta a los mismos temas: el regreso de la nada, la angustia, el vacío y el sinsentido de la vida; la necesidad del estoicismo para hacer frente a la cotidianidad diluida en las insatisfacciones de cada tarde. El eterno retorno de lo idéntico a modo de dosis vespertina y nocturna –las mañanas tenían su refugio–.

Y hay otros en los que creo que el que aguantó fui yo. Tanto tiempo estando allí, pasando desapercibido, minimizando –incluso– en aquello que otrora pensé esencial para al advenir de mi tiempo aquí y que hoy sé que no es sino un pasaje más, un vuelco en el camino. No sé si realmente nos vimos. Aunque me fastidia la frase de Lacan, pienso que tenía razón cuando sugirió que amar es dar lo que no se tiene a quien no es: el amor es imaginario (y eso que no creo en lo imaginario, sólo en lo real y lo virtual). Pero lo digo mal, no sé si realmente me viste, en estos días tiendo a pensar que me ocultaste detrás de tus miedos, esa inseguridad que tan fácilmente disfrazas de encanto y tu narcisismo –esa oferta de muerte que se asoma en cada reflejo–.

De cualquier manera, nada de eso, ninguna versión, viene al caso hoy día. No es que sea pesimista. Me dicen que exagero y que sin duda cosas buenas están por venir. Desconfío. No es que crea que el mundo se ha acabado ya. Simplemente pienso que ya pasaron los tiempos de esa ingenuidad gozosa, en la que con soltura puedes dejarte llevar por las ideas, que fluyen con avidez de nuevos lugares y a la expectativa de lo mejor en cada ocasión, siempre. Eso sí lo tengo claro, no regresaré allí jamás, aunque quisiera no podré. No puedes simular que no sabes lo que ya sabes.

Por otro lado, quedan las buenas lecciones de la educación sentimental: la frialdad para el trato con los otros, la superficialidad en las cuestiones sexuales, (a pesar de las buenas pláticas y las promesas que cada instante abre para el futuro incierto), y lo más importante, la certeza de que lo mejor y lo peor ya han pasado. Lo que sigue es la sobriedad de las pasiones, el tenue apaciguarse de la necesidad y la angustia. Lo que sigue es la cotidianidad de término medio, un terreno difícil de ganar, pero más que útil en estos días de niebla y laberinto.

horas tristes


Hay días en que eres puro abismo,
y por ende no puedo evitarte.

sábado, 7 de julio de 2012

abril o mayo 2012

No me gusta acordarme de aquello. No me gusta referirme a ese adolescente de entonces que no podía imaginar que muchos años después estaría hablando de sí mismo en este tono sordo y apagado. Me desespera no poder escribir más que con mi edad actual. Creo que algunas cosas sólo pueden escribirse con mano tersa, y las mías –las estoy viendo ahora mismo– tienen ya las marcas de mis años. Tengo miedo de traicionar al muchacho que fui. ¡Lo recuerdo tan bien! Lo siento temblar dentro de mí, limpio y brioso. Pero sé, por eso no puedo hacerlo, que al pretender hablar de él en este blog tardío, escrito con manos de hombre, aparecerán mis años, mi tedio, mi pequeñez, y que aquel joven espléndido saldrá cubierto de mi ceniza y empañado por ella.

Y como no pude darle aliento; como lo ahogué dentro de mí; como poco a poco lo fui cubriendo con esta tierra caliza que ha sido mi vida; como sólo pude proporcionarle un sitio tibio, a cambio de los ardientes y variados que él deseaba, no quiero hablar de él, no puedo.

Pero también pienso que si no hablo de él, que ha sido lo mejor de mí, ¿de qué voy a hablar? ¿De éste que soy ahora? ¿De éste en que me he convertido? ¿De este hombre oscuro, liso, hundido en una angustia que no puedo aclarar ni justificar, porque los motivos que la provocan no son explicables?

Imagino que proviene de que en muchas ocasiones me siento profundamente solo. No me basta la compañía entrañable de Irving y mis amigos. ¿Por qué no puedo tener también la de otro hombre cualquiera, la del ser humano que pase a mi lado casualmente, en el preciso instante en que yo siento un cálido e imperioso anhelo de comunicación? ¿ Por qué no puede ser así? ¿Por qué no puede brindarse a cualquiera, en su momento único, la frescura de una palabra, de un abrazo, de una pregunta?

No; todo lo guardamos para compartirlo, si acaso, con un reducidísimo número de seres humanos, como si los demás no existieran o fueran incapaces de entendernos y amarnos.

Camino por una calle cualquiera. Otros hombres pasan a mi lado. Ni los miro ni me miran. Somos iguales, pero extraños, tan lejanos como si no transitáramos por la misma calle, con el mismo paso y tal vez el mismo pensamiento. Somos iguales y yo nunca sabré nada de ellos, ni su nombre siquiera. Es entonces cuando me siento extrañamente solo; pienso que los demás se sienten igual y me asalta un casi irresistible deseo de detener a alguien y pedirle con naturalidad y con mi tierno calor humano, ¿con qué cosa mejor?, que hablemos un rato.

¿Qué me impide hacerlo? ¿Qué timidez o qué dureza me detienen? ¿Qué frío paraliza mis manos tan dispuestas a tenderse y estrechar otra cualquiera, sin selección, sin premeditación ni antecedente? Pero no lo hago, no lo he podido hacer nunca. Y el impulso se me queda dentro, quieto, silencioso, sin atreverse a vivir, que es como morir antes de la hora.

Camino un poco más, dejo pasar todo. Apenas si miro de soslayo en torno mío. Y llego a mi casa con la sensación de un gran vacío que pudo llenarse con sólo decir una palabra o tender los brazos.

No es una forma de piedad, de conmiseración a los demás. Quiero que se entienda: es, por lo contrario, una avidez, un incontenible anhelo de hombres, de voces, de vidas.

Entonces me hundo en mí mismo. Pero yo soy para mí como un pequeño sitio visitado anteriormente, conocido, repasado, caminado, hasta la última fatiga. No obstante, es allí, es a mí mismo a donde llego siempre y me detengo para hablar.

–Deberías haberle preguntado algo, cualquier cosa, a aquel hombre que parecía tan desdichado. Tal vez estaba solo; tal vez como tú, tenía necesidad de hablar; deberías haberlo hecho; deberías hacerlo todos los días. Piénsalo, sería como viajar. Tú no viajarás nunca, Cuitláhuac. Tú no podrás decir, dentro de algunos años: "eso me recuerda lo que vi una vez en tal lugar". Pero sí podrás recordar: "...lo que me dijo tal día aquel hombre..."

miércoles, 4 de julio de 2012