
Perséfone
Tras la visión me ha venido la certeza, la certeza de que la imagen que de estas manos abiertas emergía se ha encerrado de nuevo en el germen endulzado del que otrora se levantó moviendo, agitando y haciendo retumbar los cimientos de nuestra vida. Esa misma vida que se trenzaba desde las auroras de tu corazón líquida pantalla de cristal. Hoy veo la luz de nuevo. La luz nebular de mi roja alta tensión, que arde en llamas holográficas, y tras ella, inevitable es, llega la verde distracción de las entrañas del mundo pantalleado en tecchnicólor, el azul de los abismos, aquellos que han escupido mis alegrías sólo después de masticarlas en el tornaluneado brillo negro de sus aguas, le sigue, vendrán ya pues los colores mortales. La secuencia iniciaba y fin parecía no tener; pero me ha despertado la carne, la dulce, triste, amarga carne que se levanta y se va, retorcida ahora, eclipsando el horizonte con su aroma estrella de la muerte: o lo que es lo mismo, aunque en muerte distinta, mil supernovas estallando en tu mirada, esa misma mirada que se quiebra con la suma aparición de estas colinas de escarcha y los millones destellos de blancos, mil tonos blancuzcos que hieren, hunden su filo en mi alma para no dejar que se levante ya nunca jamás. Ya nunca jamás...
