Martin Heidegger
La filosofía lleva dos siglos ensayando ontologías que no se muevan en planos trascendentes, que puedan dar cuenta de la totalidad del ser y de lo ente al mismo tiempo, y sobre todo, que no se desplacen en terrenos abstractos ajenos a la vida inmediata y la cotidianidad de lo humano.
En el siglo XIX y el XX ha habido por lo menos cuatro ontologías que a mi parecer tienen no sólo un peso fuerte cuando de influencia en el pensamiento contemporáneo se trata, sino que han logrado "ir a las cosas mismas", por más complejo o descabellado que sea este viaje al fondo del ser. Y ello sin dejar de lado que han sido verdaderamente propositivas en sus fundamentos, o sea, han sabido abrir nuevas lecturas del mundo, al grado que difícilmente podríamos pensar los últimos siglos de la cultura occidental al margen de este tipo de pensamientos.
Hegel y
En primer lugar este intento de acabar con la metafísica en el sentido meramente especulativo, engañado y esperanzado en la redención traída por la ciencia positiva moderna -como le ocurriera a Kant hasta antes de
La de Hegel es, pues, la gran ontología moderna, frente a ella incluso las otras grandes apuestas, desde Descartes hasta la de Kant y los románticos – pasando por Schiller, Schelling, Ficthe, los Schlegel, Marx, todas ellas se minimizan ante la grandiosidad del espíritu hegeliano que todo lo comprende, lo asimila, lo supera, y finalmente, lo niega para seguir avanzando ad infinitud.
Es decir, esta es “la” ontología en la que nada debe quedar fuera del pensamiento que se piensa a sí mismo, donde la historia del arte, de la religión, de la cultura , del espíritu(Geist) pues. Todo esto es espíritu, la historia de lo divino y del hombre, aquí converge la totalidad de lo habido, todos los caminos se entrecruzan y se complementan en un avance progresivo y acumulativo en el que nada se pierde.
El espíritu es un plano pandimensional en el que se juega el sentido del mundo en términos teológicos pero cifrados en clave ilustrada, donde la razón se enriquece y se expande por el cosmos para saberse a sí misma, en su despliegue absoluto y en cada una de sus partes, donde el hombre es la imagen hecha con absoluta semejanza a lo divino. “El cuerpo humano es la morada del espíritu”.
Dicho de manera laxa, este es el terreno ganado por Hegel, extender la ramplona noción moderna de la "verdad" como correspondencia entre objeto y representación subjetiva, es decir, la superación hegeliana de la época de la imagen del mundo. El cultivo enriquecedor de espacios que habían sido olvidados por la filosofía.
Sin embargo, ya en esta primera gran ontología de la modernidad madura, hay una categoría que sirve como contrapunto para la de absoluto. El absoluto espiritual, tiene también su absoluto negado. Es decir, para ese gran e inmenso todo que arriba tratábamos de esbozar. Este espíritu desplegado a sus anchas en el concepto realizado, en la plena y total identidad de la identidad y la no identidad, tiene aún un algo que le hace frente y lo pone todo de cabeza, aunque sea sólo por momentos, por configuraciones desdichadas y débiles de la conciencia del espíritu, que por instantes se supone otra cosa que ella misma.
Pero insistimos, incluso este Absoluto saber de sí del espíritu, que se mueve en los mismos ámbitos del Ser, de lo divino, este nuevo panteísmo racional y vivo que se desliza por todos los planos existenciales, todos, y que funciona justo para darle movilidad al vaivén dialéctico del saber absoluto, incluso este absoluto tiene su contrario, su negación.
Si el espíritu es A, existe otro que lo niega totalmente, el absoluto tiene a pesar de ser él mismo lo gran y pleno absoluto, otro que lo enfrenta y lo cancela, el espíritu tiene su ~A, su negación, dicha no sólo en términos lógicos, sino ontológico- metafísicos. Este verdadero otro del espíritu es la “Negatividad”, la cual se podría describir como la plenitud de la totalidad de las posibilidades del espíritu en su más encerrada potencia, en su más creadora Nada.
Es decir, la negatividad es todo aquello que no ha sido actualizado por el espíritu en su ejecución de sí mismo, pero que está latiendo ya para ganarse ese su ser absoluto, es aquello que va a ser absoluto pero no está presente aún. Es el absoluto en su germen temporal, en su plenitud sincrónica en la que contiene todo aquello que ha de ser posible. Es la nada generadora de lo absoluto, la potencia creadora de todo lo que existe y que ha de determinar tal existencia en términos de una razón viva que se agita por el cosmos, que crea poéticamente y configura racionalmente tanto el orden como el desorden de cada cosa, ya sea la materia inorgánica en el lejano planeta inerte, hasta la materia orgánica en el microcosmos, pasando por la carne del animal, la electricidad vital del alma del mundo, y aún más, no se agota tampoco en la divina luz de la razón de Dios, anidada en el corazón y el alma humanas. La Negatividad es propiamente ese suelo germinal del ser total. Es la tierra más negra y oscura encerrada en sí misma, antes de salir a flote en el esplendor celeste del concepto en sí y para sí del espíritu santo.
[En el próximo capítulo de NEONTOLOGÍAS de la NADA by K____ Dasein, El BIGOTÓN SABROSÓN:
Nietzsche y el abismo dionisiaco. ]









