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miércoles, 18 de agosto de 2010

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"I and nobody else am the greatest traitor"

Walt Whitman






Tradición y traición son a simple vista cosas distintas. Ahí donde una apunta a lo comunitario, al abrir el mundo desde y con la mirada de los otros, la otra quiere verse como una línea de fuga, como un renunciar que no sólo sea el abandono, sino más que nada una huída que al mismo tiempo hiere y abre una grieta en la imagen de ese horizonte común.


Pero a pesar de todo, traición y tradición no pueden darse una sin la otra. No se trata de una correspondencia dialéctica y exclusiva de los conceptos, se trata más bien del tipo de relación que mantienen dentro de una constelación de ideas y afectos en concreto, a saber, la vida.


La vida, ya sea que la ubiquemos como esa manifiestación biológica o incluso la vida misma del espíritu, de los conceptos y las ideas, la vida nuestra o la vida del todo, tiende a traicionar la tradición. Se trata en efecto de una tradición de traiciones consecutivas, cuya comprensión hace sentido cada vez que comprendemos qué se traiciona cada vez. Pero no basta con ello. No basta con saber qué se traiciona, hay que ver también a quiénes, en qué lugar y sobre todo cómo se pasa al acto de la traición.


La huella que la traición deja en la tradición, y que será ella misma tradición a la larga también traicionada, probablemente es lo que acapara el tipo de archivo en que se ha de convertir. En este sentido, incorporar a la tradición la huella, el registro de un traidor, es venganza contra el traidor mismo. Pero no hay enmienda.


Y a pesar de todo, ser traidor es la única vía de decir algo, no algo propio, nada es propio. Las traiciones son apropiadas por los agentes dobles que las ejecutan, pero no son privativas, tarde o temprano también los traicionarán a ellos. Traicionar sí, en efecto, requiere que ese escape diga algo a los que se quedan, que esa fuga o esa trampa puesta en escena grite y detone la estructura en la que se pone esa bomba. Pero no hay traiciones secretas. Que si las hubiera no lo serían del todo.


Traicionar es saber qué se traiciona, es saber que alguien ha roto ese flujo de orden, a veces sin saber realmente quién ha sido.


Probablemente hay todo un arte detrás de esto, pero de haberlo tendría que ser también paradójico, pues esa misma enseñanza, ese saber hacer, saber traicionar exige una primera prueba, traicionar este aprendizaje.


Los traductores lo han sabido siempre, traducir es traicionar, incluso ahí cuando lo que se busca es la fidelidad. Pero nada es más difícil que esto cuando los mundos colapsan enfrentados, abiertos uno desde las palabras del otro. Porque todo se mueve, el horizonte de pregunta, de respuesta, el punto de encuentro y hasta los sujetos, gramaticales o no. No hay fidelidad en la traducción. El traductor se traiciona a sí mismo con su trabajo.


¿Soy yo o es el otro quién se abre en este régimen de signos? ¿O se trata más bien de un avisamiento de un espectro? Algo atrapado entre dos dimensiones. Sin posibilidad de autenticidad, pues lo ha perdido todo, su origen y su destinatario. Un loop al modo del fantasma. Vueltas y vueltas. ¿Pero por qué habría que regresar o por qué habría de estar condenado a ese no-lugar, esa potencia de lo falso que parece ser lo dicho que no alcanza a decir lo que quería decir? Vueltas y vueltas, al modo de los animales enjaulados, trayecto repetido y aún así estar encriptado, ¿movimiento sin salida?....


Y de nuevo todo se repite. El fantasma, el deseo y lo no-dicho se asoman con cada traición, que no es ya una radical diferencia de la tradición. ¿Y por qué repetir? Ya no sabemos si repetimos porque reprimimos o reprimimos porque repetimos.


La traducción, que no es sólo cosa de lingüistas, está a medio camino siempre entre la traición y la tradición. La traducción abre siempre la culpa, pues muestra la incapacidad de mantenerse en lo dado y pone en acto -y en evidencia- el deseo como línea de fuga hacia lo otro. Traducimos tradiciones traicionando a los traductores previos. Se trata siempre de un acto malévolo, dar la palabra, incluir por la fuerza algo que no debía estar ahí, algo ajeno, una cosa de tontos, locos o extranjeros... ¿Pero por qué tiene alguien qué dar la palabra, por qué esa imposición del significar, de dejar la huella incluso cuando se pide que algo o alguien se diga a sí mismo, ¿por qué y de dónde viene esta compulsión por el habla y por la escritura?


Probablemente porque escribir es una cuestión de salud pública, sin duda, pero quién tiene el derecho de señalar los males? Por qué curar el síntoma con la elaboración escrita? Pues en este sentido, la escritura como transcripción de la experiencia, de los afectos en conceptos, es la traición, es una cura de éstos respecto a la vida de los primeros, a la vez que la afirmación de que la constelación de ideas que ahí se abren, pondrán de nuevo en cuestión el lugar de cada cosa... Es dar la muerte con la palabra.


Los escritores no son cosmopolitas porque sean hombres y mujeres de mundo, lo son porque están adiestrados en el fino arte de la traición. Todo escritor es un traidor a la patria. Lo primero que niega es el patrimonio, el propio y el ajeno. Un escritor abre grietas en el piso sobre el que está parado y su obra activa el mecanismo para que todo caiga. Todo escrito tiene algo de trampa mortal, se implanta en nuestro suelo sólo para hacerlo volar por los aires, para comunicarlo al tiempo que le quita su lugar propio.


Después de todo. ¿Qué es lo propio de cada escrito para el escritor? ¿La vivencia? La vivencia es cuestión de la experiencia, su entramado textual, su discurso, lo dicho desde él, no le concierne sólo a él. También involucra a los demás. ¿Pero en qué sentido? ¿Sólo en la medida en que el lenguaje es un afuera desde el que nos comprendemos en tanto que ya pre-dichos? Quizás. Hay que pensar más bien en la impropiedad del lenguaje. ¿De quién es el lenguaje? ¿Quién lo tiene? ¿Puede privársele a quien ha aparecido dicho desde él? ¿Corresponde sólo a los iniciados en sus usos y modos? No. El lenguaje es un patrimonio común pero desposeído. Los escritores abren esta vía, la del patrimonio de nadie...


Y no obstante, se dicen ahí, su descubrimiento, su entramado de ideas y vivencias, traiciona el acontecimiento para abrirse a los demás. Los archivos, traducidos o no, traicionados o no, llevan en sí mismos la condena de hablar, de hablarnos y aún más de decirnos. Pues nos dicen desde ahí, desde la desposesión como encuentro, que no es otra cosa que encontrarnos desde otro lugar, desde un sitio que no es el nuestro y que nos hace evidente que no tenemos lugar en el mundo, no por naturaleza, sino por apropiación, siempre por una ejecución de un acto de empoderamiento que exige a su vez su fin, su acabamiento mediante la invocación de otras traiciones....