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domingo, 5 de septiembre de 2010

Castillo de Bouchout - 1927



Yo soy María Carlota de Bélgica, Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austriacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Coburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños y me decía que yo era la pequeña sílfide del Palacio de Laeken. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los Jardines de las Tullerías. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, sobrina del Príncipe Joinville y prima del Conde de París, hermana del Duque de Brabante que fue Rey de Bélgica y conquistador del Congo y hermana del Conde de Flandes, en cuyos brazos aprendí a bailar, cuando tenía diez años, a la sombra de los espinos en flor. Yo soy Carlota Amelia, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schónbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro. Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá. Yo soy Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América: tengo ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, loca de sed, en las fuentes de Roma.


Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. Vino, cargado derecuerdos y de sueños, en una carabela cuyas velas hinchó una sola bocanada de viento luminoso preñado de papagayos. Me trajo un puñado de arena de la Isla de Sacrificios, unos guantes de piel de venado y un enorme barril de maderas preciosas rebosantes de chocolate ardiente y espumoso, donde me voy a bañar todos los días de mi vida hasta que mi piel de princesa borbona, hasta que mi piel de loca octogenaria, hasta que mi piel blanca de encaje de Alenzón y de Bruselas, mi piel nevada como las magnolias de los Jardines de Miramar, hasta que mi piel, Maximiliano, mi piel quebrada por los siglos y las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías, mi piel blanca de ángel de Memling y de novia del Béguinage se caiga a pedazos y una nueva piel oscura y perfumada, oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla me cubra entera, Maximiliano, desde mi frente oscura hasta la punta de mis pies descalzos y perfumados de india mexicana, de virgen morena, de Emperatriz de América.


El mensajero me trajo también, querido Max, un relicario con algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre tu pecho condecorado con el Aguila Azteca y que aleteaba como una inmensa mariposa de alas doradas, cuando a caballo y al galope y con tu traje de charro y tu sombrero incrustado con arabescos de plata esterlina recorrías los llanos de Apam entre nubes de gloria y de polvo. Me han dicho que esos bárbaros, Maximiliano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, cuando apenas acababan de hacer tu máscara mortuoria con yeso de París, esos salvajes te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Quién iba a imaginar, Maximiliano, que te iba a suceder lo mismo que a tu padre, si es que de verdad lo fue el infeliz del Duque de Reichstadt a quien nada ni nadie pudo salvar de la muerte temprana, ni los baños muriáticos ni la leche de burra ni el amor de tu madre la Archiduquesa Sofía, y que apenas unos minutos después de haber muerto en el mismo Palacio de Schünbrunn donde acababas de nacer, le habían trasquilado todos sus bucles rubios para guardarlos en relicarios: pero de lo que sí se salvó él, y tú no, Maximiliano, fue de que le cortaran en pedazos el corazón para vender las piltrafas por unos cuantos reales. Me lo dijo el mensajero. Al mensajero se lo contó Tüdös el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó, el mensajero, y de parte del Príncipe y la Princesa Salm Salm un estuche de cedro donde había una caja de zinc donde había una caja de palo de rosa donde había, Maximiliano, un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu Imperio en el Cerro de las Campanas. Tengo aquí esta caja agarrada con las dos manos todo el día para que nadie, nunca, me la arrebate. Mis damas de compañía me dan de comer en la boca, porque yo no la suelto. La Condesa d'Hulst me da de beber leche en los labios, como si fuera yo todavía el pequeño ángel de mi padre Leopoldo, la pequeña bonapartista de los cabellos castaños, porque yo no te olvido.


Y es por eso, nada más que por eso, te lo juro, Maximiliano, que dicen que estoy loca. Es por eso que me llaman la loca de Miramar, de Terveuren, de Bouchout. Pero si te lo dicen, si te dicen que loca salí de México y que loca atravesé el mar encerrada en un camarote del barco Impératrice Eugénie después que le ordené al capitán que arriara la bandera francesa para izar el pabellón imperial mexicano, si te cuentan que en todo el viaje nunca salí de mi camarote porque estaba ya loca y lo estaba no porque me hubieran dado de beber toloache en Yucatán o porque supiera que Napoleón y el Papa nos iban a negar su ayuda y a abandonarnos a nuestra suerte, a nuestra maldita suerte en México, sino que lo estaba, loca y desesperada, perdida porque en mi vientre crecía un hijo que no era tuyo sino del Coronel Van Der Smissen, si te cuentan eso, Maximiliano, diles que no es verdad, que tú siempre fuiste y serás el amor de mi vida, y que si estoy loca es de hambre y de sed, y que siempre lo he estado desde ese día en el Palacio de Saint Cloud en que el mismísimo diablo Napoleón Tercero y su mujer Eugenia de Montijo me ofrecieron un vaso de naranjada fría y yo supe y lo sabía todo el mundo que estaba envenenada porque no les bastaba habernos traicionado, querían borrarnos de la faz de la Tierra, envenenarnos y no sólo Napoleón el Pequeño y la Montijo, sino hasta nuestros amigos más cercanos, nuestros servidores, no lo vas a creer, Max, el propio Blasio: cuídate del lápiz-tinta con el que escribe las cartas que le dictas camino a Cuernavaca y de su saliva y del agua sulfurosa de los manantiales de Cuautla cuídate, Max, y del pulque con champaña, como tuve yo que cuidarme de todos, hasta de la Señora Neri del Barrio con la que iba yo todas las mañanas en un fiacre negro a la Fuente de Trevi porque decidí, y así lo hice, beber sólo de las aguas de las fuentes de Roma en el vaso de Murano que me regaló Su Santidad Pío Nono cuando fui a verlo de sorpresa sin pedirle audiencia y lo encontré desayunando y él se dio cuenta que estaba yo muerta de hambre y de sed, ¿quiere unas uvas la Emperatriz de México? ¿Se le antojaría un cuerno con mantequilla? ¿Leche quizás, Doña Carlota, leche de cabra recién ordeñada? Pero yo lo único que quería era mojar los dedos en ese líquido ardiente y espumoso que me habría de quemar y tostar la piel, y me avalancé sobre el tazón, metí los dedos en el chocolate del Papa, me los chupé, Max, y no sé qué hubiera hecho yo después de no haber ido al mercado a comprar nueces y naranjas para llevarlas al Albergo di Roma: yo misma las escogí, las limpié con la mantilla de encaje negro que me regaló Eugenia, examiné las cáscaras, las pelé, las devoré y también unas castañas asadas que compré en la Via Appia y no puedo imaginar cómo me las hubiera arreglado sin la Señora Kuchacsévich y sin el gato, que probaban toda mi comida antes que yo, y sin mi camarera Matilde Doblinger que se procuró un hornillo de carbón y me hizo el favor de llevar unas gallinas a la suite imperial para que yo pudiera comer sólo aquellos huevos que viera poner con mis propios ojos.


Entonces, Maximiliano, cuando yo era el pequeño ángel, la sílfide de Laeken y jugaba a deslizarme por el barandal de las escaleras de madera del palacio, y jugaba a estarme quieta para la eternidad en los jardines, mientras mi hermano el Conde de Flandes se paraba de cabeza y me hacía muecas para hacerme reír y mi hermano el Duque de Brabante inventaba ciudades imaginarias y me contaba la historia de los naufragios célebres, entonces, cuando mi padre me había invitado ya cenar por primera vez con él y me coronó con rosas y me llenó de regalos, yo iba cada año a Inglaterra a visitar a mi abuela María Amelia que vivía en Claremont, ¿te acuerdas de ella, Max, que nos dijo que no fuéramos a México porque allí nos iban a asesinar?, y una de esas veces en el Castillo de Windsor conocí a mi prima Victoria y mi primo el Príncipe Alberto. Entonces, mi querido Max, cuando yo era la niña de los cabellos castaños y mi cama era un nido blanco alfombrado con nieve tibia donde mi madre Luisa María humedecía sus labios, mi prima Victoria que tanto se asombró de que yo me supiera de memoria los nombres de todos los reyes de Inglaterra desde Haroldo hasta su tío Guillermo Cuarto, en premio a mi aplicación me regaló una casa de muñecas y cuando la casa llegó a Bruselas mi papá Leopich como yo le decía me llamó, me la mostró, me volvió a sentar en sus piernas, pasó su mano por mi frente y al igual que le había dicho a su sobrina Victoria la Reina de Inglaterra, me dijo que cada noche de cada día mi conciencia, así como mi casa de muñecas, debía estar inmaculada. Desde entonces Maximiliano, no hay noche en que no me dedique a ordenar mi casa y mi conciencia. Sacudo las libreas de terciopelo de mis lacayos en miniatura y te perdono que hayas llorado, en la Isla de Madeira, la muerte de una novia a la que quisiste más que a mí. Lavo en una palangana los mil platos minúsculos de mi vajilla de Sévres, y te perdono que en Puebla me hayas abandonado en mi cama imperial, bajo el dosel de tules y brocados, para irte a dormir a un catre de campaña y masturbarte pensando en la condesita Von Linden. Y les saco brillo a las fuentes de plata miniatura, limpio las alabardas de mis alabarderos liliputienses, lavo las pequeñísimas uvas de los pequeñísimos racimos de cristal y te perdono que hayas hecho el amor con la mujer de un jardinero a la sombra de las buganvillas de los Jardines Borda. Después barro con una escoba del tamaño de un pulgar las alfombras del castillo del tamaño de un pañuelo, y sacudo los cuadros y vacío las escupideras de oro del tamaño de un dedal y los ceniceros minúsculos, y así como te perdono todo lo que me hiciste, perdono a todos nuestros enemigos y perdono a México.


Cómo no voy a perdonar a México, Maximiliano, si todos los días sacudo tu corona, pulo con ceniza el collar de la Orden de Guadalupe, lavo con leche las teclas de mi piano Biedermeier para tocar en él todas las tardes el himno imperial mexicano y desciendo las escaleras del castillo y de hinojos a la orilla del foso lavo en sus aguas la bandera imperial mexicana, la enjuago y la exprimo y la cuelgo a secar en la punta de la torre más alta, y la plancho después, Maximiliano, la acaricio, la doblo, la guardo y le prometo que mañana, de nuevo, la sacaré a ondear para que la vea Europa entera, de Ostende a los Cárpatos, del Tirol a la Transilvania. Y sólo hasta entonces, con mi casa limpia y mi conciencia tranquila, me desvisto y me pongo mi camisón minúsculo y rezo mis pequeñísimas oraciones, y me acuesto en mi gran cama miniatura y bajo la almohada del tamaño de un alfiletero bordado con acantos en flor pongo tu corazón y lo escucho latir y escucho los cañonazos de la Ciudadela de Trieste y del Peñón de Gibraltar saludando a la Novara, y escucho el triquitraque del ferrocarril de Veracruz a Loma Alta y escucho las notas del Domine Salvum fac Imperatorem y escucho de nuevo la descarga de Querétaro y sueño entonces, quisiera soñar, Maximiliano, que nunca abandonamos Miramar y Lacroma, que nunca nos fuimos a México, que nos quedamos aquí, que aquí nos hicimos viejos y nos llenamos de hijos y nietos, que aquí en tu despacho azul adornado con áncoras y astrolabios te quedaste tú, escribiendo poemas sobre tus viajes futuros en el yate Ondina por el archipiélago griego y la costa de Turquía y soñando con el pájaro mecánico de Leonardo y me quedé yo, para siempre adorándote y bebiendo con mis ojos el azul del Adriático. Pero me desperté con mis propios gritos, y tenía yo tanta hambre, Max, no sabes, después de siglos de no comer sino angustias y sobresaltos, tenía yo tanta sed, Max, después de siglos de no beber sino mis propias lágrimas, que devoré tu corazón y bebí tu sangre. Pero tu corazón y tu sangre, mi querido, mi adorado Max, estaban envenenados.


Por suerte en el camino de París a Trieste y de Trieste a Roma había llovido tanto, Maximiliano, tanto o más que aquella noche en la que llegamos a Córdoba en una diligencia de la República porque a nuestra carroza imperial, ¿te acuerdas?, se le había roto una rueda en el Cerro del Chiquihuite, y estábamos salpicados de barro de los pies a la cabeza, pero dando gracias a Dios porque ya habíamos dejado atrás las infectas tierras calientes y con ellas Veracruz y los zopilotes y el vómito negro y que pronto, en uno o dos días más podríamos contemplar desde las faldas del Popocatépetl como lo hicieron Hernán Cortés y el Barón de Humboldt el inmenso valle transparente y la ciudad de los mil palacios construidos con la lava roja de los volcanes y la arenisca amarilla de los pantanos. A cántaros llovió en la Saboya y a cántaros al paso de mi tren y de mi comitiva en el Monte Cenis, y a lo largo de todo ese rodeo por Maribor, Mantua, Reggio y tantas otras ciudades donde el pueblo italiano y los Camisas Rojas de Garibaldi me recibieron con vítores y lágrimas y que tuvimos que hacer por la epidemia de cólera que había en Venecia, y llovió también cuando tu amigo el Almirante Tegetthoff, que fue el mismo que a bordo de la Novara y en una capilla ardiente bajo las alas abiertas de un ángel llevó tu cuerpo de Veracruz a Trieste, hizo desfilar ante mis ojos a la flota austriaca en el orden de combate de la Batalla de Lissa en la que se cubrió de gloria, y yo te envié un mensaje a México, Max, te dije que si Plus Ultra había sido el lema, el grito de conquista de tus abuelos, tendría que ser también el tuyo, y que así como Carlos Quinto había señalado el camino más allá de las Columnas de Hércules, tú también tendrías que seguir adelante, no abdicarás te dije, no abdicarás es el onceno mandamiento que Dios escribió con fuego en el corazón de todos aquellos monarcas a quienes otorgó el derecho divino, irrenunciable, de gobernar a los pueblos, no abdicarás te escribí, te lo dije mil veces cuando estabas en Orizaba y paseabas con Bilimek y él te explicaba cómo se hacía jabón con las semillas de ricino y jugabas a las escondidas con el Doctor Basch y con el General Castelnau entre los cafetos y las flores blancas de la yuca, te escribí, dime, Max: ¿te llegaron mis cartas?, cuando estabas en la Hacienda de Xonaca y cuando regresaste a la ciudad de México y cuando te fuiste a Querétaro no abdicarás, te mandé decir, ¿te lo dijeron?, así tengas que comer, como comiste, carne de gato y caballo con tus generales Mejía y Miramón y con tu Príncipe Salm Salm que les arrojaba mendrugos de pan a tus guardianes, y tú, que nunca tuviste remedio, mi querido Max, le dabas al Doctor Szánger las últimas instrucciones para embalsamar tu cuerpo, y a Blasio le dictabas los cambios que querías hacer en el Ceremonial de la Corte, porque nunca creíste que te iban a asesinar, Max, como te asesinaron.


Así que durante todos esos trayectos, de París a Trieste, de Trieste a Roma y de nuevo a Trieste hasta llegar a Miramar me bastaba sacar las manos por la ventanilla del tren o del coche para beber de la única agua que yo sabía que no estaba envenenada, del agua de lluvia como lo hago ahora en los balcones del castillo y allí, en la cuenca rebosante de agua cristalina y en cuyo borde se posa a veces una paloma blanca cuando de paloma blanca viene disfrazado el mensajero y me trae, desde la Isla de Cuba, las palabras de la canción de Concha Méndez, allí en el hueco de mis manos como en el fondo de una pátera veo tu rostro y me lo bebo a sorbos, tu rostro de muerto con los ojos cerrados y sobre los párpados el peso del polvo de todo el tiempo que ha pasado desde el año en que te fusilaron, que fue el año en que nació, cómo me hubiera gustado bailarlo contigo, Max, el vals del Danubio Azul, o veo tu rostro de muerto con los ojos abiertos, negros y de cristal, los ojos que te pusieron en Querétaro, y que me miran desde muy lejos, desde las faldas de un cerro cubierto de tierra y nopaleras me miran asombrados como si me preguntaran por qué y cómo es que han sucedido tantas cosas de las que jamás te has enterado ¿te dijo alguien, Maximiliano, que inventaron el teléfono?, ¿que inventaron el gas neón?, ¿el automóvil, Max, y que tu hermano Francisco José que según él fue el último monarca europeo de la vieja escuela sólo una vez en su vida se subió en un coche de motor, y sabías, Maximiliano, que ya no volverás a ver en las calles de tu querida Viena los faetones y los coches a la Daumont, los forlones y las berlinas y ni siquiera esos caballos garañones con crines y colas entrelazados con cordones de oro porque las calles están llenas de automóviles, Max?, ¿sabías todo eso?, ¿y también que inventaron el fonógrafo y que tú y yo podríamos irnos de día de campo los dos solos, y los dos y a la orilla del Lago de Chapultepec escuchar el Danubio Azul tocado sólo para ti y para mí sin que hubiera ningún músico trepado y escondido en las ramas de los sabinos y los dos solos lo bailaríamos a la sombra dorada y violeta de los arcos vivos y temblorosos de la Avenida de los Poetas sin que hubiera ninguna orquesta escondida bajo el puente del lago, Maximiliano? ¿Pero sabías también que del Dianabad, el salón vienés donde se estrenó el Danubio Azul no ha quedado nada, que fue destruido por las bombas como pasó con el Palacio de Saint Cloud, y que del Olimpo de Mignard pintado en el techo del Salón Marte donde me recibieron con el vaso de naranjada Napoleón y Eugenia, el mismo salón donde Cambacérés le ofreció la Corona de Francia a Napoleón Bona-parte, y que de todos los muebles y alfombras que allí había, de la chimenea monumental coronada por un tapiz de los gobelinos, de todo eso no quedó nada, quedaron piedras y recuerdos, y tampoco de la escalinata al pie de la cual y con la condecoración del Aguila Mexicana colgada al cuello me recibió el principito imperial Luis Napoleón, Lulú, el de la guardia de jinetes árabes, y que tampoco, sino polvo, lagartijas, nada quedó del estanque de Saint Cloud y de las lanchas que le regaló a Lulú el Emperador de la Cochinchina?


Cuando me pongo a recordar todo eso, Maximiliano, me parece mentira que hayan pasado tantos años y que hayan llegado y se hayan ido todos esos días que parecía que nunca iban a llegar. Porque, ¿sabes otra cosa, Maximiliano? Todos los días llegan alguna vez, aunque no lo creas y aunque no lo quieras, y por más lejanos que parezcan. El día en que cumples dieciocho años y tienes tu primer baile. El día en que te casas y eres feliz. Y cuando llega el último día, el día de tu muerte, todos los días de tu vida se vuelven uno solo. Y resulta entonces que tú, que todos, hemos estado muertos desde siempre. Resulta entonces que la esposa de tu hermano, Sisi, qué pena tener que decírtelo, Maximiliano, desde que era niña y bailaba en las plazas de Baviera mientras su padre tocaba el violín disfrazado de gitano, desde entonces, imagínate, ella tenía ya clavado en el pecho el estilete que un fanático le encajó a la Emperatriz Elisabeth a orillas del Lago Leman cincuenta años después. Y resulta que desde que tu padre El Aguilucho era un niño y descubría asombrado la Batalla de Austerlitz y la toma de Mantua entre los trozos de zanahoria y pavo trufado, ya tenía en la boca, qué dolor que lo sepas, Maximiliano, la última bocanada de sangre fresca con la que se le iría la vida al Duque de Reichstadt en un cuarto oscuro y frío del Palacio de Schónbrunn.


Sí, qué pena, Maximiliano, tener que decirte que todos los días llegan alguna vez, aunque tú no lo creas. Cuando mi tío Ton Ton el Príncipe Joinville me enseñaba las acuarelas que hizo a bordo de un barco que se llamaba La Belle Poule en el que trajo a Francia de la Isla de Santa Elena los restos de Napoleón el Grande. Cuando yo juntaba ramos de violetas en los Jardines de las Tullerías y me arrojaba después a los brazos de mi abuelo el Rey Ciudadano con su cabeza de pera y su paraguas negro y le preguntaba qué se sentía ser rey, y a mi abuela María Amelia le preguntaba qué se sentía estar casada y ser reina, entonces, Maximiliano, nunca pensé que habría de llegar el día en que yo misma iba a ser primero esposa y luego esposa y soberana. Y llegó el día, Maximiliano, porque todos los días llegan alguna vez. El día en que me hice tu esposa me coronaron con una diadema de brillantes entreverados con flores de naranjo, y Bruselas me dio el velo, Ypres los zapatos bordados, Gante el pañuelo y Brujas el manto real sobre mis hombros y me casé con un príncipe, con un príncipe marinero vestido de almirante y condecorado con el Vellocino de Oro, contigo, Maximiliano, y con él, contigo, navegué río arriba por las aguas del Rhin y río abajo por el Danubio hasta los bosques de Viena, navegué sobre los valses y bajo tus brazos, y cuando conocí a tu pueblo, a tus burgueses de negro y gris que nos saludaban con sus sombreros, a los hombres de Carintia de medias azules y sacos de solapas carmesíes que nos decían adiós con sus pañuelos y a las mujeres estirias con sus faldas multicolores que nos arrojaban claveles desde los puentes, creí que nunca jamás habría de llegar el día en que yo misma fuera soberana de un Imperio así, tan vasto y tan magnífico, del que sólo nos dieron unos andrajos, porque contigo fui a Milán y a Venecia, Maximiliano, y tú fuiste Virrey y yo Virreina de un baile de máscaras. Y regresamos a Miramar para aburrirnos de soledad y amor, y cuando te ofrecieron el trono de México, cuando a tus pies pusieron un Imperio más grande aún y más espléndido, más grande que la herencia de Constantino, más espléndido que la Casa admirable que Dios fortaleció para ser martillo de los herejes en Hungría, Bohemia, Alemania y Flandes, y tú aceptaste ese Imperio y tú y yo decidimos reinar en el país de los dieciocho climas y los cuatrocientos volcanes y de las mariposas grandes como pájaros y los pájaros pequeños como abejas, en el país, Maximiliano, de los corazones humeantes, pensé que nunca, tampoco, habría de llegar ese día. Y llegó, Maximiliano, porque todos los días llegan alguna vez. Fuiste Emperador y fui Emperatriz, y coronados cruzamos el mar Atlántico y su espuma bañó nuestra púrpura imperial, y en La Martinica nos recibieron las orquídeas y los danzantes negros que gritaban Viva El Emperador Flor Perfumada, y nos recibieron las cucarachas gordas y voladoras que hedían cuando las aplastábamos, y en Veracruz nos recibieron las calles vacías, la arena y la fiebre amarilla, el viento norte que derribó los arcos triunfantes y en Puebla nos recibieron los magueyes y los ángeles y en el Palacio Imperial de México nos recibieron las chinches y tú tuviste que pasar esa primera noche en una mesa de billar, ¿te acuerdas, Maximiliano? Y yo, por ti, fui Emperatriz y goberné México. Y por ti lavé y besé los pies de doce ancianas y toqué con mis manos reales las llagas de los leprosos, y enjugué las frentes de los heridos y senté en mis piernas a los huérfanos. Y por ti, sólo por ti, me abrasé los labios con el polvo de los caminos de Tlaxcala y los ojos con el sol de Uxmal. Por ti, también, arrojé al Nuncio apostólico por la ventana de palacio y el Nuncio, ¿te acuerdas, Max?, se fue volando por el valle transparente como un zopilote más de tierras calientes, henchido de hostias podridas.


Pero nos dieron, Maximiliano, un trono de cactos erizado de bayonetas. Nos dieron una corona de espinas y de sombras. Nos engañaron, Maximiliano, y me engañaste tú. Nos abandonaron, Max, y me abandonaste tú. Sesenta veces trescientos sesenta y cinco días me lo he repetido, frente al espejo y frente a tu retrato, para creerlo: nunca fuimos a México, nunca regresé a Europa, nunca llegó el día de tu muerte, nunca el día en que, como ahora, aún estoy viva. Pero sesenta veces trescientos sesenta y cinco días el espejo y tu retrato me han repetido hasta el infinito que estoy loca, que estoy vieja, que tengo el corazón cubierto de costras y que el cáncer me corroe los pechos. Y mientras tanto, tú, ¿qué has hecho tú de tu vida todos estos años mientras yo he arrastrado mis guiñapos imperiales de palacio en palacio y de castillo en castillo, de Chapultepec a Miramar, de Miramar a Laeken, de Laeken a Terveuren y de Terveuren a Bouchout, qué has hecho tú sino quedarte colgado en las galerías, alto, rubio, impasible, sin que una sola arruga más empañe tu rostro ni una sola cana más blanquee tu cabello, congelado en tus treinta y cinco años como otro Cristo para siempre joven, para siempre hermoso, vestido de gala y montado en tu caballo Orispelo, y con tus grandes espuelas de Amozoc? Dime, Maximiliano, ¿qué has hecho tú de tu vida desde que moriste en Querétaro como un héroe y como un perro, pidiéndole a tus asesinos que apuntaran al pecho y gritando Viva México, qué has hecho sino quedarte quieto en los retratos de los palacios y de los museos, Maximiliano con tus tres hermanos, Maximiliano en la proa del yate Fantaisie, Maximiliano en el Salón de las Gaviotas del Castillo de Miramar, congelado allí a tus dieciocho, tus veintitrés, veintiséis años, y congelado también en mis recuerdos: mi querido Max en el mercado de esclavos de Esmirna, mi querido, adorado Max con su red de mariposas a orillas del Río Blanco, mi querido, idolatrado, perezoso Max toda la mañana en bata y con pantuflas sorbiendo vinos del Rhin y comiendo soletas remojadas en jerez, qué has hecho, dime, sino quedarte quieto desde entonces en la cripta de los Capuchinos, quieto y embalsamado, relleno de mirra y especias y mirando al mundo con los ojos de Santa Ursula, lo más quieto posible para que nada más te pase, para que nadie más te afrente y te derrote, para que nunca más tengas que regalarme treinta mil florines para que me acueste contigo, o veinte pesos de oro a cada uno de tus verdugos para que te quiten la vida? ¿Que has hecho sino quedarte quieto desde entonces, para que quieta y calladamente tu barba vuelva a crecer y cubra las rojas, coaguladas medallas que compraste en el Cerro de las Campanas, qué has hecho, Maximiliano, mientras yo me he vuelto cada día más vieja y más loca? ¿Qué has hecho tú, dime, aparte de morirte en México?


El mensajero me trajo también un lingote de plata de las minas de Real del Monte. Un mono araña de San Luis. Un violín de Tacámbaro. Un cofre de sándalo con frijoles saltarines. Me trajo también una calavera de azúcar con tu nombre en la frente. Y me trajo un libro con las páginas en blanco y un frasco con tinta roja para que escriba yo la historia de mi vida. Pero tú tendrás que ayudarme, Max, porque me estoy volviendo tan olvidadiza y distraída que hay días en que me pregunto dónde dejé mi memoria, dónde quedaron mis recuerdos, en qué cajón los guardé, en qué viaje los perdí. Me vieras entonces, loca de angustia, cómo los busco en las cartas que me escribiste desde el Brasil y donde me contabas que habías caminado por la selva con una camisa azul y botas rojas y en la cabeza un gorro de dormir y a cuestas una bolsa en la que llevabas frascos llenos de insectos luminosos. Estabas tan orgulloso entonces de tu colección de mantis religiosas, de haber traído un tapir y un guatí para el zoológico de Schónbrunn, de haber encontrado en las playas de Itaparica un esqueleto de ballena, mi pobre Max. Y busco mis recuerdos en las cartas que me escribiste desde Querétaro cuando ya habías caído en las manos de los juaristas y donde me contabas que siempre creíste que Juárez te iba a perdonar y donde me dijiste, Max, qué risa, que al llegar al Cerro de las Campanas se atascó la puerta del coche negro que te condujo y tuviste que salir por la ventana, y donde me dijiste, qué orgullo, que te negaste a que te vendaran los ojos, y me contaste, qué pena, Max, que tu primer ataúd estaba muy corto y se te salían los pies, y que el doctor que embalsamó tu cuerpo, qué injusticia, Max, había dicho que qué enorme placer era para él lavarse las manos con la sangre de un Emperador. Qué risa, qué dolor, qué pena, mi pobre Max, mi pobre Mambrú que se fue a la guerra y se murió en la guerra, qué orgullo, que injusticia, qué pena que tuvieran que embalsamar dos veces, qué justo que al abandonar las aguas mexicanas la flota austriaca disparara ciento un cañonazos en tu honor, qué lástima que estuviera nevando el día de tu funeral, Max, qué dolor, qué frío. Y entonces quisiera hundir mi rostro en tus cartas y ahogarme con la fragancia de los mangos y la vainilla y sofocarme con el olor de la pólvora y de tu sangre vertida y no puedo, Max, porque a veces tampoco encuentro tus cartas. Las he buscado bajo mi cama. En el cofre donde aún guardo, junto a mis pañoletas y mis chales, los pilones de azúcar morena y los panes de especias que me regalaron el día de mi boda mis campesinos valones. Las he buscado en la cocina. He ordenado que los buzos rastreen el foso de Bouchout y los canales de Brujas y el Lago de Chapultepec. He pedido que las busquen en el basurero de Laeken, en todas las salas del Palacio Imperial de México, en las bodegas del Convento de las Teresitas de Querétaro, en las sentinas de la Novara, en los nidos que hacen en las chimeneas de Gante las cigüeñas que llegan de Alsacia, y no aparecen, Max, y pienso a veces que nunca, nunca me escribiste esas cartas y que ahora yo tengo que hacerlo por ti, que ahora todos los días tendré que escribirlas por ti.


Si supieras, Max, qué terror me dio la primera vez, cuando vi todas esas páginas en blanco, cuando me di cuenta que si no encontraba mis recuerdos tendría que inventarlos. Cuando me di cuenta que no sabía en qué idioma escribirlos de los tantos que aprendí y que se me han olvidado. Cuando me di cuenta que no sabría en cuál tiempo verbal contarlos, porque estoy tan confundida que a veces no sé si fui de verdad María Carlota de Bélgica, si soy aún Emperatriz de México, si seré algún día Emperatriz de América. Y porque estoy tan confundida que a veces no sé dónde termina la verdad de mis sueños y comienzan las mentiras de mi vida. La otra vez soñé que el Mariscal Bazaine era una vieja gorda que comía pistaches y escupía las cáscaras en su bicornio de plumas blancas. El otro día, que daba yo a luz a un niño que tenía la cara de Benito Juárez. Soñé, también, que el General Santa Anna venía a visitarme y me regalaba su pierna. Soñé que estaba yo en los Alpes, recostada en una alfombra viva de nomeolvides y gencianas azules, y me levantaba y comenzaba a bajar la montaña, y cada vez el sol me abrasaba más y al mediodía llegué a México y seguí caminando y en la noche llegué a un desierto y estaba yo muerta de frío: mi edredón de plumas de pato salvaje se había caído al suelo y el hogar estaba apagado. Llamé a mis damas y no vinieron. Llamé a los guardias y no me escucharon. Volví a llamarlos y entró Bazaine a mi cuarto para violarme con el bastón de Mariscal de Francia que tenía entre las piernas, y vieras cómo tengo aún fuerzas, Maximiliano, a pesar de lo vieja que estoy: lo ahogué con mis propias manos y después corrí en busca de una chimenea encendida y traje una antorcha y le prendí fuego al cuerpo de Bazaine, y le prendí fuego a toda el ala del Castillo de Terveuren, que se volvió cenizas.


Cenizas, también, se han vuelto todos los demás, Maximiliano. Ya no tengo testigos de mi vida. Si tú no me ayudas, quién más podría ayudarme, Max: a todos les llegó el día de su muerte. Qué pena tener que decírtelo y qué alegría. Qué alegría, sí, saber que el pequeño príncipe imperial que me recibió en las escalinatas de Saint Cloud dejó su vida en Zululandia, dentro de un uniforme inglés y con las botas llenas de lodo, a orillas del Río Sangre. Qué alegría saber que su padre, Napoleón el Pequeño, murió en el exilio con los bigotes escurridos y la vejiga llena de piedras, y que murieron también todas sus amantes; la Gordon, la Castiglione, Miss Howard, la Belle Sabotiére, y que su mujer la Emperatriz Eugenia murió vieja y fea y casi ciega y con las crinolinas arrugadas. Y es que no sabes, Maximiliano, cómo se ha muerto de gente. La otra tarde me senté a bordar unas flores con mis damas de compañía, y a la mitad de una rosa me dijeron que se había muerto en Mayerling tu sobrino Rodolfo. El otro día estaba yo pintando de memoria el Paseo de Santa Anita con sus aguadores y sus vendedoras de carbón de encina, y me enteré que se había muerto Francisco José. La otra tarde estaba yo almorzando y me contaron que se había muerto Leonardo Márquez. Y también se murió el Padre Fischer y se murió asesinado en Sarajevo el Archiduque Francisco Fernando de Austria, se murió de angina de pecho Benito Juárez, se murió el General Escobedo, se murió Concha Méndez, se murió fusilado en Vincennes el hijo que engendraste en los Jardines Borda y se murió su madre Concepción Sedano, y se murió Baby el perro fiel que te siguió a Querétaro y se murió Florián el caballo favorito de tu hermano el emperador. Y el otro día me asomé a la ventana y me enteré que se había muerto el siglo y que se había muerto el Imperio Austrohúngaro y que se había muerto un millón de hombres en el Valle del Somme.


Y ahora, ¿quién de los vivos puede decir que vio nacer a tu padre Napoleón Segundo el Rey de Roma? ¿Quién de los vivos puede contar que lo vio pasear en la carroza de plata y madreperla que le regaló mi bisabuela la Reina Carlota de Nápoles, tirada por dos cabras amaestradas condecoradas con los listones rojos de la Legión de Honor? ¿Quién te vio a ti jugar con tu hermano Francisco José en el cuarto de Aladino del Palacio de Schónbrunn, quién te vio meditar bajo los naranjos del Hofburgo y caracolear un alazán de cola trenzada en la Escuela de Equitación Española de Viena, y junto al cráter del Vesubio de pie sobre los frag- mentos de azufre multicolor, sobre los pedruscos anaranjados y rojos y verdigrises cubiertos de escarcha, quién te vio que te recuerde? ¿Quién, dime, Maximiliano, recuerda nuestra entrada triunfal en Milán y que yo llevaba una corona de rosas entrelazadas con diamantes? ¿Quién recuerda que en honor del Virrey y la Virreina de las provincias lombardovénetas tocaron el himno nacional austriaco y la Brabanzona? ¿Quién, dime, recuerda la dalmática de oro que llevaba el Arzobispo Labastida cuando nos recibió a la puerta de la Catedral de San Hipólito de la ciudad de México? ¿Quién, ahora, más de sesenta años después, puede decir que recuerda que las cuarenta y ocho campanas de la catedral tocaron a rebato para darle la bienvenida al Emperador y la Emperatriz de México? Murió tu madre la Archiduquesa Sofía, que hundió la cara en la nieve que coronaba tu ataúd cuando llegaste de regreso a Viena hecho una momia. Murió tu hermano Carlos Luis y murió, de una enfermedad venérea, tu sobrino Otto. Murió, asesinado por unos bandidos, el Coronel Platón Sánchez. Murió tu hermano Luis Carlos, encerrado de por vida en un castillo y servido y rodeado sólo por mujeres porque le gustaba acostarse con los hombres. Murió, con la boca llena de espuma, nuestro compadre el Coronel López. Y ahora, ¿quién de los vivos, quién que te haya visto alguna vez bañarte en el mismo manantial de los jardines colgantes de Chapultepec donde se bañaba La Malinche, puede decir que nos vio desde las terrazas del alcázar contemplar los lagos de Xaltocan y de Chalco bordados con nenúfares y más allá las montañas nevadas como alas de ángeles y arriba el cielo puro de Anáhuac? Me vestí, para los pintores de la corte, de campesina lombarda y de china poblana. En el mercado de Venecia compré mandarinas y uvas moscatel. En el Portal de Mercaderes de la ciudad de México compré rebozos de seda y lacas de Olinalá, chirimoyas y flores de Nochebuena. Leí en voz alta los poemas del Rey Netzahualcóyotl y me aprendí de memoria la leyenda del Señor del Veneno de la Calle de Puerta Coeli. Nos besamos a la sombra del convento de muros cubiertos de clemátides de la Isla de Lacroma en la que naufragó Ricardo Corazón de León, y el día de nuestra boda la Casa Real Inglesa y la Marina Británica brindaron por nuestra felicidad con vino y grog. En el Alcázar de Sevilla aspiraste la dulce fragancia del ámbar y en el cuarto del secreto de la Alhambra escuchaste los murmullos de los hijos de Felipe Segundo. Te obsequiaron una escolopendra gigantesca en Las Canarias, y en México una culebrina de bronce fundida en Manila y con las armas de Carlos Tercero. Llegamos en góndola al Teatro de L'Harmonia donde nos insultaron con su presencia los criados de los aristócratas milaneses y a bordo del Elizabeth hicimos el amor una noche de tormenta en que las escobas y las tazas de té y las botellas de vino danzaron, enloquecidas, entre la espuma. Con tu sarape de Saltillo sobre los hombros diste el grito de Independencia en Dolores mientras yo gobernaba México y firmaba decretos y ofrecía saraos. ¿Y quién, de los vivos, nos recuerda? ¿Quién me vio encerrada en el gartenhaus de Mi- ramar con las ventanas atornilladas y las puertas llenas de cerrojos rumiar mi locura y mi desesperación, y quién te vio, Maximiliano, en tu celda del Convento de las Teresitas de Querétaro sentado el día entero en tu alta bacinilla de porcelana con una diarrea que no se acababa nunca? ¿Quién recuerda, Max, quién que lo haya visto, lo gallardo que era el Coronel Van Der Smissen al frente del Cuerpo de Voluntarios belgas, lo cariñoso que era nuestro pequeño Príncipe Iturbide, lo asesino que fue el Coronel Du Pin, lo humildes que eran nuestros inditos mexicanos que se persignaban ante nuestro retrato y me llenaban el regazo de dalias y de alacranes de vainilla y de huevos de turquesa? ¿Quién vio, quién recuerda lo feo que era Benito Juárez, lo valientes que fueron los soldados franceses triunfadores de Magenta y Solferino, quién, dime, recuerda lo verdes que eran los ojos del traidor López? Sólo la historia y yo, Maximiliano.


Yo que recuerdo al Coronel López bello como un ángel de la luz que cabalgaba a mi lado en el camino a Córdoba y me ofrecía ramos de orquídeas. La historia que vio cómo asesinaron al Rey Alejandro y la Reina Draga de Serbia, y cómo le quemaron el pecho con agua hirviendo a Benito Juárez, y cómo se incendió la Biblioteca de Lovaina y yo, Maximiliano, que desde las ventanas del Castillo de Bouchout vi arder los fuertes de Amberes, y vi cómo asesinaron en Madrid al General Prim y cómo murió Bazaine en el destierro y la miseria, y cómo Bismarck proclamó el Imperio Alemán en el Salón de los Espejos de Versalles, y cómo el Príncipe Imperial Luis Napoleón tenía la cara devorada por los chacales, y cómo se le salía un ojo a María Vetsera la amante de tu sobrino Rodolfo y cómo el Palacio de Buena Vista se transformó en una fábrica de cigarrillos y cómo, Maximiliano, tu fiel cocinero Tüdös y tu valet Grill humedecieron sus pañuelos con tu sangre en el patíbulo del Cerro de las Campanas, yo, Maximiliano, María Carlota Amelia de Bélgica, Condesa de Maracaibo, Archiduquesa del Gran Sertao, Princesa de Mapimí, yo que probé piñas en lata, que viajé en el Expreso de Oriente, que hablé por teléfono con Rasputín, que bailé fox-trot, que vi a un gringo robarse la cabeza de Pancho Villa, y al ataúd de Eugenia cruzar París coronado de violetas, yo que con mi aliento escribí tu nombre en los jarrones de pórfido de la escalinata de Miramar, yo que en los cenotes sagrados de Yucatán donde sacrificaban a las princesas vírgenes contemplé tu rostro muerto, yo, Maximiliano, que cada noche de cada año de los sesenta que he vivido en la soledad y el silencio te he adorado en secreto, yo que en las sábanas y en los pañuelos y en las cortinas y en los manteles me paso la vida, Maximiliano, me la he pasado bordando tus iníciales Maximiliano Primero Emperador de México y Rey del Mundo, en las servilletas y en tu sudario, en las rosas de la almohada y en la piel de mis labios, yo que desde la cumbre de las montañas de Acultzingo allí donde el aire enrarecido ilumina las constelaciones y agiganta las estrellas te señalé la curvatura del cielo y te dije que allí, en el Navío y en la Cruz del Sur, y en Arcturus y en el Centauro, allí donde estaba escrito el destino de los más grandes de todos tus ancestros, el de Carlomagno el fundador del Sacro Imperio Romano, el de Rodolfo de Habsburgo que cruzó con un ejército el Danubio en un puente hecho con botes, el de Alberto Segundo Príncipe de la Paz, el de Carlos Quinto en cuyo reino nunca se ponía el sol, el de Maximiliano Primero y el de María Teresa de Austria y el de Felipe Segundo triunfador de la Batalla de San Quintín y azote de los moros y el de Leopoldo Primero salvador de Europa y vencedor del Gran Visir Kara Mustafá y el de José Segundo el rebelde vestido de púrpura del que aprendiste a amar la libertad de tus súbditos, allí también, te dije, que estaba escrito el destino de un hombre que sería más grande de lo que fueron todos ellos y que ese hombre se llamaba Maximiliano Primero, Emperador de México. ¿Quién, dime, quién que esté vivo lo recuerda, quién sino yo, que hace sesenta años te dije adiós a la sombra de los naranjos perfumados de Ayotla y te dejé para siempre solo, montado en tu caballo Orispelo y vestido de charro y con tu catalejo de almirante de la flota austriaca, y quién sino la historia, que te dejó tirado y desangrándote en el Cerro de las Campanas con el chaleco en llamas y te dejó colgado de los pies de la cúpula de la Capilla de San Andrés para que se te salieran los líquidos con los que te habían embalsamado y embalsamarte de nuevo a ver si así tu piel, Maximiliano, dejaba de ponerse cada vez más negra, como se puso, y tu carne de momia hinchada, pobre Max adorado, dejaba de ponerse cada vez más hedionda, como se puso? Sólo la historia y yo, Maximiliano, que estamos vivas y locas. Pero a mí se me está acabando la vida.




[tomado de Noticias del Imperio, de Fernando del Paso ]


sábado, 23 de agosto de 2008

Fedi









Fedi es el hijo que acabo de parir.
Lo daré en adopción.
Su padre será uno de mis buenos amigos.
Es niño pero le encanta usar moños coquetos.
Igual que a su futuro padre.
De hecho, se llama Fedi en honor a él, Fede:


Me lo cuidas harto, muchacho.

lunes, 9 de junio de 2008

la obra de arte desde la técnica en Heidegger (parte I)

Cuitláhuac Moreno Romero

Seminario de historia de la estética

Introducción

La noción de técnica y lo acuñado por Heidegger en dicho concepto coinciden en alguna manera, un poco retorcida y arreglada, con algunos de los supuestos que Benjamin utiliza tanto en La obra de arte…, como en otros de sus textos.

Si bien las posturas que uno y otro han de tomar en relación con la técnica se encuentra hasta cierto punto polarizadas hay, al menos, algunos elementos en común en los que es necesario detenernos antes de proseguir con la investigación en torno a los existenciarios que pueden o no tener lugar al momento de estudiar la experiencia desde aparatos como la pantalla en Internet.

Para pensar la importancia que tiene la técnica en el arte desde la fenomenología de Heidegger, haremos aquí una analogía y un acercamiento entre los conceptos de técnica y útil, tal analogía no es una completa equiparación de los términos, no obstante, dado que Heidegger no mantiene una distinción terminológica rígida sino en sus existenciarios más atrincherados -los acuñados ya desde Ser y tiempo-, nos atrevemos aquí a elaborar una comparación en lo que tiene de útil la técnica, con lo que tiene de útil la obra de arte, para, más adelante, pensar cuál es el lugar o lo característico de la obra de arte en tanto que útil, es decir, desde sus elementos técnicos.

La obra de arte desde la técnica en Heidegger (parte I)

En La pregunta por la técnica Heidegger hace un ejercicio del pensar, una reflexión que lo encamina y lo lleva por los senderos periféricos a lo que la filosofía moderna y la ciencia misma han pensado por técnica. En más de un sentido, el filósofo alemán busca corregirles la plana a las concepciones usuales que han creído encontrar lo sustancial de la técnica y, a pesar de ello, se han perdido al adentrarse en prejuicios arraigados largamente por una tradición que ha dicho poco en lo que respecta a la esencia de la técnica.

Partiendo de esto, Heidegger dice que en Occidente la técnica se ha comprendido de dos maneras destacadas, y que ambas han dado lecturas erróneas de lo que la técnica es en sí misma: la primera es la comprensión de la técnica como un medio o un instrumento, mientras que la segunda supone que la técnica es un saber hacer del hombre. Según Heidegger, ambas comprensiones se copertenecen y se amalgaman en lo que el filósofo alemán denomina la interpretación instrumental y antropológica de la técnica.

Heidegger señala que dicha comprensión supone a su base un mundo dado como materia prima, creado de una vez y para siempre por algún principio cosmogónico de carácter onto-teológico, o sea, una visión del mundo donde la totalidad de los entes ha sido creada, confeccionada y determinada por una instancia superior, una entidad de mayor poder: Dios. Es decir, se supone un mundo que preexiste a la aparición del hombre y que está a la espera de ser intervenido por su mano. Desde esta comprensión la técnica es un saber-hacer que le permite al hombre intervenir, modificar, alterar y transformar la materia prima –el mundo- y hacer de ella instrumentos que le sirvan como un medio para alcanzar sus más diversos fines.

Tal comprensión de la técnica da lugar a admitir como una consecuencia “natural” el dominio del hombre sobre el planeta, como amo y señor de éste. No obstante, a decir de Heidegger, la técnica así entendida habla más de la voluntad de dominio que de su verdadero modo de ser. Por demás, dicha concepción tiene una determinación de las cosas siempre como un “ante los ojos”[1], es decir, de subsunción cognoscitiva de los entes a un sujeto que se comporta precisamente como un sujeto de conocimiento ante un objeto de conocimiento. De ahí que la técnica entendida como un mero “ante los ojos” decantaría en una postura donde el lugar y la existencia misma de las cosas están puestos en función de su relación con el hombre.

Heidegger criticará fuertemente esta determinación conceptual en la medida en que ésta ejecuta un despotismo sobre el ente, pues hace de los entes objetos de conocimiento y limita sus posibilidades de ser; anula el estado de abierto de las cosas en tanto que solicita una desocultación de éstas con el puro objeto de servirse de ellas como artefactos[2]. En dicha situación los objetos aparecen de acuerdo a esa moderna categoría de representación, donde las cosas son concebidas como objetos de pensamiento, de puro pensamiento y hasta de pensamiento puro para los sujetos, los cuales han de venir a ejercer el despotismo del ente en tanto que determinan el modo de ser de las cosas ateniéndose únicamente a las funciones en que les son útiles[3].

Contra esta consideración moderna, Heidegger afirmará que la técnica tiene otras funciones más relevantes y reveladoras. Al preguntarse por la esencia de la técnica, Heidegger concluye que lo esencial en ella es el “emplazamiento”. O sea, el que la técnica oculte sus mecanismos y su montaje para deja aparecer las cosas atravesadas y precomprendidas ya siempre como algo dado y fijo, pero donde el escrutinio de lo que hace frente “ante los ojos” no es profundo en su detenimiento, sino vago y fluido como un “a la mano”[4].

Dicho emplazamiento podría comprenderse como una ejecución de una técnica donde todo lo que ahí se pone en juego se encuentra preconcebido por alguna teoría, por ejemplo los experimentos de la física, la biología o la termodinámica, etc., en los cuales todo lo que salga a flote de dichas investigaciones se encuentra de antemano cifrado en una semántica epistémica que imposibilita que los acontecimientos ahí acaecidos puedan estar abiertos a alguna interpretación que no se ciña a lo establecido por dichas disciplinas. Es decir, donde lo que ahí se muestre ha de aparecer ya pre-interpretado -aunque no determinado totalmente- por la teoría que lo pone a prueba, y donde los mecanismos técnicos que operan se mantienen fuera de cualquier detenimiento “ante los ojos”, operando, por ello, de manera oculta.

El emplazamiento, asumido como precomprensión, no es un modo de ser que se busque alcanzar, se está ya en él. No acontece concientemente como emplazamiento, no se muestra ni se hace evidente a cada momento sino que se está en él de manera casi inocente sin reparar en todo lo que ese emplazamiento presupone, pues ya es tan familiar lo que ahí ocurre que difícilmente algo se sale de esa familiaridad, el emplazamiento no es precisamente un modo del existenciario “ante los ojos”, pero se le parece, y por otro lado se acerca en sobremanera al existenciario de “a la mano”; es como un estar en un sitio sin reparar en que se está en él, justo porque aparece como un lugar conocido, o bien, un “paraje”, tal como lo entendía en Ser y tiempo.[5]

Estas consideraciones aparecidas en La pregunta por la técnica, nos sirven para tender un puente con lo que dice en relación con el arte y con los existenciarios del “ser ahí” en El origen de la obra de arte, así como también en Ser y tiempo. Decimos esto porque, básicamente, a pesar de los cambios de postura en las distintas épocas de su pensar, en los diferentes textos se ocupa de lo mismo; son analíticas existenciarias que se concentran en distintos tipos de cosas o de diferentes modos de ser del ente que somos en cada caso (“ser ahí”), pero todas coinciden en tratar de dar cuenta del modo en cómo las cosas se desocultan y muestran aquello que les es más propio; y, por otro lado, en los distintos textos se sirve de los existenciarios más básicos formulados en Ser y tiempo, con modificaciones, sí, pero donde dichos existenciarios son precisamente el puente entre las distintas tesis y categorías acuñadas a lo largo de las distintas obras.

Partiendo de esta consideración nos enfocaremos ahora en lo que Heidegger argumenta en El origen de la obra de arte. Desde la premisa de que la obra de arte jamás puede mantener el carácter de útil (técnica) y el de obra al mismo tiempo. En la medida en que la obra se abre -y necesita estar abierta para ser pensada como obra- es que puede llegar a ser mundo[6], y cuando es mundo sus determinaciones materiales se ocultan para mostrar únicamente la configuración poética que ahí aparece.

La radical diferencia entre la técnica -o bien, los fundamentos del útil en la obra de arte reducida a ese su puro ser útil- y la obra de arte, radica en que mientras que en su uso el útil (lo técnico en la técnica) desoculta su configuración material y hace evidente la operación de sus mecanismos y su montaje, la obra de arte cuando es mundo cierra lo técnico en ella y mantiene la ocultación del montaje técnico que la conforma materialmente en ese estado cerrado. O sea, mientras que la técnica desoculta su modo de ser en el uso (aún a pesar de estar emplazada, ceñida en el “ante los ojos” como algo natural), la obra de arte abierta no podrá mantener desoculto su montaje. Así, por ejemplo, el templo arquitectónico no da lugar a que reparen en él mientras sólo se considere si cumple bien la función de dar un lugar para habitar.

Hasta este punto sólo hemos apuntado el carácter oculto del montaje técnico en la obra, señalando que para que la obra se abra como mundo, es necesario que tal montaje permanezca oculto. Pues bien, para desocultar la obra de arte, Heidegger vendrá a hacer más o menos el mismo ejercicio que hizo con la técnica, afirmando que la obra tiene un carácter de cosa que se mantiene en ese estado hasta que se transforma, precisamente, en obra.

Dicha conversión consistirá en si la obra está desoculta o no; una obra abierta estará necesariamente dada como un mundo, y para ello requiere de determinaciones que obliguen a detenerse en ella. Sin embargo, en esa apertura del mundo la obra se muestra a sí misma como una verdad haciéndose evidente, desocultándose en tanto que aletheia. Por ejemplo, mientras los zapatos del cuadro de Van Gogh sean la develación de la verdad del cuadro, mientras la aletheia esté puesta en juego, jamás se reparará auténticamente en los constitutivos materiales ni formales de la obra[7]. Recordemos que cuando la obra es mundo, la tierra desaparece del todo. Así, los colores no serán colores sino visión del mundo (Weltanschaung), serán la verdad de la campesina manifiesta en ese par de zapatos, la composición de la textura no será un mero relieve de óleos amalgamados sino la esencia de esos zapatos de campesina[8]. La apertura de la verdad del arte será, entonces, la apertura de la verdad del ente, pero ya no en tanto que útil, pues esa no es la apertura del arte sino, efectivamente, como desocultación del arte como aletheia:

El estado de no ocultación de los entes es lo que los griegos llamaban aletheia. Nosotros decimos “verdad” y no pensamos mucho al decir esta palabra. Si lo que pasa en las obras es un hacer patente los entes, los que son y cómo son, entonces hay un acontecer de la verdad[9].

La distinción importante se asienta en el que mientras que una, la técnica, determina el modo de ser con base en un emplazamiento que juega la coseidad de la cosa en términos epistémicos por mínimos que sean, por decirlo de algún modo, en una determinación funcionalista del ente. La obra de arte ha de desocultar al ente en tanto que verdad del ente, pero no como algo “ante los ojos”:

La esencia del arte sería, pues, ésta: el ponerse en operación la verdad del ente. En la obra no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino al contrario, de la reproducción de la esencia general de las cosas[10]

Lo que resulta curioso en la comprensión de Heidegger es que el arte no pueda ser a bien un emplazamiento: un punto intermedio entre el “ante los ojos” y lo “a la mano”, pues requiere un detenimiento preciso para que la verdad acontezca, cosa que ninguno de estos dos existenciarios alcanzan del todo. Además, la obra de arte funda mundo, no se mueve con la realidad circundante, pues la reestructura a cabalidad. La obra de arte como aletheia es un espacio privilegiado, mientras que el emplazamiento, el útil y, aún más, la técnica, se anidan todos ellos en un estado demasiado profano, demasiado próximos a lo “ante los ojos”, y tan cercanos que están “a la mano”, y por ello mismo más lejanos del mundo circundante del “ser ahí”.

El cuadro se torna más complejo cuando involucramos en él un aparato que bien puede tener mucho de antecedente para las pantallas, no para la de Internet, pero sí para la de la televisión: el radio, del cual dirá Heidegger lo siguiente en Ser y Tiempo:

Con la radio lleva hoy a cabo el “ser ahí”, por el camino de una ampliación del cotidiano mundo circundante, un des-alejamiento del “mundo” cuya significación para él, el “ser ahí”, aún no alcanza nuestra vista[11].

El radio, parece decir Heidegger, es aún un aparato con potencias creadoras de sentido, pero por lo visto, no de creación de mundo en el sentido de El origen de la obra de arte, sino de “mundo circundante” como lo que hace frente de manera inmediata, y en tanto que este mundo circundante ampliado por la técnica radiofónica abre un des-alejamiento, lo que menos habrá aquí es la lejanía trascendente que abría la aletheia de la obra de arte. Si bien Heidegger lo señala como un aparato que a pesar de mantener un cierto y benéfico misterio en torno a sus posibilidades de significación para el des-alejamiento del mundo, lo cierto es que no deja de estar cifrado en el “no demorarse”, y por lo tanto, refiere a una experiencia mucho más parecida a la avidez de novedades[12] que a la obra de arte pensada como aletheia.

De esto podemos decir que el radio, y quizá también la pantalla de la televisión, así como la de Internet, se parecen mucho más al emplazamiento que al mundo de la aletheia. Tienen un carácter más inmediato que trascendente. Y, ya para cerrar este punto, habrá que decir que hay una coincidencia entre Benjamin y Heidegger al aludir al hecho de que la técnica, el útil y el emplazamiento acercan o des-alejan, mientras que la obra de arte tiende a la lejanía y la trascendencia. Las diferencias vienen ahora con sus posturas en torno a estas trascendencias y cercanías, pues como sabemos, Heidegger apostará por la lejanía de la obra de arte que en tanto que es verdad del ente acarrea una inevitable raigambre metafísica, mientras que Benjamin, se siente más cómodo al depositar su fe en las potencias que el sistema de aparatos concentra, de ahí que Benjamin se quede con esa cercanía que abre el “no demorarse” en el “mundo circundante” abierto por la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. (el flaneur en el cine, y quizá este sea también trasladable a la pantalla en cine, televisión e Internet).


[1] En Ser y Tiempo Heidegger elabora una minuciosa analítica existenciaria, en la que trata de dar cuenta de los modos primigenios del modo de ser del “ser ahí” a partir de las estructuras ontológicas más básicas, a dichas estructuras Heidegger las denomina existenciarios, los cuales se definen en función de aquello que el “ser ahí” es en cada caso y en cada situación. El existenciario “ante los ojos” refiere al modo de ser del “ser ahí” en el cual éste se encuentra concentrado, detenido ante una cosa mientras trata de entenderla, o bien, se ocupa de ella en términos epistémicos, con una actitud de escrutinio respecto a sus cualidades y determinaciones conceptuales.

[2]El hombre, al impulsar la técnica, toma parte en el solicitar como un modo del hacer salir lo oculto. Con todo, el estado de desocultamiento mismo, en cuyo interior se despliega el solicitar no es nunca un artefacto del hombre, como tampoco lo es la región que el hombre ya está atravesando cada vez que, como sujeto, se refiere a un objeto”[2], Heidegger, La pregunta por la técnica.

[3]Así pues, cuando el hombre, investigando, contemplando, va al acecho de la Naturaleza como una zona de su representar, está ya bajo la apelación de un modo del hacer salir de lo oculto que lo provoca a abordar a la Naturaleza como un objeto de investigación, hasta que incluso el objeto desaparece en la no-objetualidad de las existencias”, Heidegger, Op. cit.

[4] “Emplazamiento significa lo coligante de aquel emplazar que emplaza al hombre, es decir, que lo provoca a hacer salir de lo oculto lo real y efectivo en el modo de un solicitar en cuanto un solicitar de existencias. Estructura de emplazamiento significa el modo de salir de lo oculto que prevalece en la esencia de la técnica moderna, un modo que él mismo no es nada técnico. A lo técnico, en cambio, pertenece todo lo que conocemos como varillaje, transmisión y chasis, y que forma parte de lo que se llama montaje. Pero esto, junto con las partes integrantes mencionadas, cae en la zona del trabajo técnico, que nunca hace otra cosa que corresponder a la provocación de la estructura de emplazamiento, sin constituirla jamás o, siquiera, tenerla como resultado.” Ibídem.

Para aclarar la diferencia entre el emplazamiento y lo técnico en la jerga heideggeriana hay que decir que lo técnico no requiere pensar los postulados como “ante los ojos”, sino a la mera y llana configuración del funcionamiento mecánico de los aparatos, los cuales se mantienen como un montaje que permanece oculto en el emplazamiento, la técnica opera oculta a la base del emplazamiento, el cual es el desocultamiento de lo que ahí se pone “ante los ojos”, que se presenta tan fluidamente que es prácticamente un “a la mano”.

[5] Este “adonde” de la posible pertinencia de los útiles, tenido desde un principio a la vista por el “ver en torno” del “andar en torno” “curándose de, es lo que llamamos “el paraje” (…) Los parajes ni siquiera están formados por cosas juntas “ante los ojos”, sino que son en cada caso ya “a la mano” en los distintos sitios”. (…) El “curarse de” del “ser ahí”, al que en su ser le va este su ser mismo, descubre previamente los parajes “en” los cuales “se conforma” decisivamente en cada caso. El previo descubrimiento de los parajes está determinado simultáneamente por la totalidad de conformidad sobre el fondo de la cual se da la libertad a lo “a la mano” como aquello que hace frente” Heidegger, en El ser y el tiempo, § 22. “La especialidad de lo “a la mano” dentro del mundo”, p. 118-119.

[6] La obra de arte es, según esta distinción, lucha constante y permanente entre mundo y tierra: con la noción de mundo Heidegger hace alusión al carácter desoculto de la verdad del ente que con la obra de arte se pone al descubierto, es la visión del mundo y la configuración del mundo que la obra de arte pone en acción, donde la obra instaura un cosmos que está determinado en sus partes y definido -aunque sólo momentáneamente- de acuerdo con un orden que puede ser leído como un texto nítido; en el otro extremo, con la tierra, Heidegger tratará de dar cuenta del carácter hermético y cerrado de la materia que conforma a la obra, donde la obra se ciñe hacia sus adentros tanto que no puede decir nada, ni configurar nada, de modo que la tierra en la obra de arte es una pura cerrazón y un ocultamiento en las entrañas de la obra misma, encerramiento del arte -y el arte está en la obra de arte- en su materialidad más profunda, ilegible e irracional.

[7] Aquí ocurre prácticamente lo mismo que ocurría con lo técnico en el emplazamiento, es decir, con el carácter de obra que funda mundo, la obra de arte muestra la verdad del ente, y con esta mostración se ocultan los constitutivos formales y materiales, el montaje técnico, de la obra.

[8] Esta fórmula puede rastrearse en las concepciones básicas de la fenomenología, en El ser y el tiempo Heidegger ya había aclarado este tipo de percepciones aunque no los circunscribió a la obra de arte. Cuando en esa obra Heidegger aborda “el habla”, el “oir a”, e incluso, aunque vagamente, en el existenciario básico de “ser en el mundo”, ya da por sentado que las percepciones no hacen referencia a los elementos físicos, materiales, y demás comprensiones fisicalistas del modo de ser de las cosas, dirá por ejemplo, que no escuchamos jamás los sonidos que provoca una motocicleta ni una carreta, “oímos a” la motocicleta tanto como a la carreta, sin reparar en los sonidos concretos, que serían más que nada abstracciones que requieren de una violencia sobre nuestra percepción para ser percibidas de manera aislada: “El “oir a” alguien es el existenciario “ser patente” del “ser ahí”, en cuanto “ser con”, para el otro. (…) El “ser ahí” oye porque comprende. (…) Es menester ya una actitud muy artificial y complicada para “oír” un “puro ruido”. Pero el hecho de que inmediatamente oigamos motocicletas y carretas es la prueba fenoménica de que el “ser ahí”, en cuanto “ser en el mundo”, se mantiene en cada caso ya en lo “a la mano” dentro del mundo y en manera alguna inmediatamente en “sensaciones”, en El ser y el tiempo, § 34. “El ser ahí y el habla. El lenguaje”, traducción de José Gaos, FCE, México, 1984, p. 182.

En El origen de la obra de arte retomará esta tesis de El ser y el tiempo, es más la repite casi verbatim: “Nunca percibimos en el manifestarse de las cosas, primero y propiamente un embate de sensaciones; por ejemplo, sonidos y ruidos, sino que oímos silbar la tempestad en la chimenea, oímos el avión trimotor, oímos el automóvil Mercedes, diferenciándolo inmediatamente del Adler. Las cosas mismas están más cerca de nosotros que todas las sensaciones. Oímos, en la casa, golpear la puerta y nunca oímos sensaciones acústicas, ni tampoco meros ruidos. Para oír un puro ruido necesitamos oír aparte de las cosas, quitar nuestro oído de ellas, es decir, oír abstractamente”, M. Heidegger, El origen de la obra de arte, en Arte y poesía, traducción de Samuel Ramos, FCE, México, 2004, p. 39.

[9] Op. cit., p. 50.

[10] Ibíd.

[11] Heidegger, El ser y el tiempo, §23. “La especialidad del ser en el mundo”, p.120.

[12]De aquí que la avidez de novedades se caracterice por un específico “no demorarse” en lo inmediato. De aquí que tampoco busque el ocio del demorarse en la contemplación, sino la inquietud y la exitación por parte de algo siempre nuevo y del cambio de lo que hace frente”, Op. Cit. § 36. “La avidez de novedades”, p.192.