En el absoluto de los sueños, emerge en algunos el carácter terrificante de la verdad. Terrificante no porque la verdad, la determinada verdad que aparezca, lo sea, sino simplemente porque es una verdad, porque es simplemente verdad.
Las verdades que en la vigilia obtenemos tienen ese carácter de ser obtenidas, justamente; de que se nos revelen tras largo esfuerzo, tras de haberlas perseguido. Mientras que las del sueño vienen a nuestro encuentro. Y esto solamente sucede –en la vigilia– en los momentos escasos y decisivos, tal la muerte y su inminencia; el desenlace de una situación absurda por largo tiempo mantenida, una catástrofe que revela el mal oculto, los instantes llamados de desenlace, instantes típicos de la tragedia, sin los cuales ninguna tragedia existe.
En los sueños, pues, la verdad aparece trágicamente, viniendo a nuestro encuentro como una sorpresa, en la atemporalidad. Sucede que es justamente en los sueños puramente atemporales en la, en la más estricta atemporalidad, donde la verdad se muestra. La verdad objetiva. Y por ello pertenece al aspecto absoluto de los sueños, que se realiza cumplidamente tan sólo en los sueños de pura atemporalidad.
Mientras que en los sueños donde se desliza un átomo de tiempo, son la realización de una acción, el punto culminante de un proceso personal. Sueños de la persona según los hemos llamado. Sería lógico, de acuerdo con la lógica de la vigilia, pensar que sería en estos sueños de la persona donde la verdad venga a nuestro encuentro. Y así lo pensamos al buscarla despiertos. Por ello, lo que más valor tiene de estas verdades de la vigilia es la acción de ir a buscarla. Lo cual está en la raíz misma de la actividad filosófica, lo que se puede llamar ética de la verdad; la integración de la persona por ella. Pero a cambio de esto no hay mucha garantía de que la verdad sea encontrada tanto como es buscada, pues la mente despierta obtura con su lógica, con su estática estructura, con sus ideas, juicios y opiniones la aparición de la verdad. Nos referimos especialmente a las verdades que aquí nos interesan, que aquí son cuestión, las verdades de la vida.
En sueños aparecen separadas la verdad y la persona. En los sueños la persona aparece, sí, la verdad, más la verdad activa de la vida personal: la acción. Ha de ser así, ello mismo indica que la esencia de la persona es un movimiento, un proceso.
La verdad viene a nuestro encuentro en sueños, como algo absoluto en los sueños puramente atemporales. Viene pues a nuestro encuentro como absoluto, como verdad pura. Como verdad sin sujeto. Y, por ello, terrificamente verdad pura, que llega más allá de los confines de tierra conocida. No es nuestra, no nos encontramos en ella; no encontramos nuestro esfuerzo ni siquiera nuestro afán de conocerla. Es una desconocida que avanza y se fija ante nosotros sin tiempo. Indeleble, sin relación con nada. Fuera de la memoria y del olvido. Ella sola. Como la misma muerte. Como si la verdad fuese, en el absoluto de los sueños, rostro y voz de muerte.
Y al ser así, es absoluta objetividad, esa que en la vigilia busca el pensamiento y que sólo ha encontrado en algunos instantes de intuición intelectual pura, como en el Uno de Parménides.
La verdad que llega en sueños participa pues del Uno de Parménides y de la verdad de la tragedia. Es pues, el instante trágico y objetivo. La muerte. La verdad en sueños es como la muerte, intangible, inabordable, insoluble.
María Zambrano - Los sueños y el tiempo.