Mostrando entradas con la etiqueta Nietzsche. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nietzsche. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de agosto de 2011

La salud de Nietzsche (según Deleuze)



(...) Nietzsche nos exhorta a "vivir la salud y la enfermedad de tal modo que la salud sea un punto de vista vivo sobre la enfermedad, y la enfermedad un punto de vista vivo sobre la salud." Pues hacer de la enfermedad una exploración de la salud, y de la salud una investigación de la enfermedad. "Observar como enfermo conceptos más sanos, valores más sanos, y luego, a la inversa, desde lo alto de una vida rica, sobreabundante y segura de sí, sumergir la mirada en el trabajo secreto del instinto de decadencia; ésta es la práctica en la que me he entrenado más tiempo, esto es lo que constituye mi experiencia particular, y en lo que me he hecho un maestro, si es que lo soy en algo. Ahora conozco el arte de invertir las perspectivas...”. (...) La salud afirma la enfermedad cuando es puesta como objeto de afirmación su distancia con la enfermedad. La distancia es, en definitiva, la afirmación de lo que distancia. ¿Acaso no es precisamente la Gran Salud (o la Gaya Ciencia) este procedimiento que hace de la salud una evaluación de la enfermedad y de la enfermedad una evaluación de la salud? Aquello que le permite a Nietzsche hacer la experiencia de una salud superior, incluso en el momento en que está enfermo. A la inversa, no es cuando está enfermo que pierde la salud, sino cuando ya no puede afirmar la distancia, cuando por su salud ya no puede hacer de la enfermedad un punto de vista sobre la salud (entonces, como dicen los estoicos, el papel ha terminado, ha acabado la representación). Punto de vista no quiere decir un juicio teórico. El «procedimiento» es la vida misma.


Gilles Deleuze - Lógica del sentido

[Vigesimocuarta serie. De la comunicación de los acontecimientos.]

miércoles, 24 de agosto de 2011

Gilles Deleuze: La máquina social (fragmento)

Samir Amín planteaba un movimiento regresivo contra la universal territorialización del capitalismo. Deleuze y Guattari piensa que esa no es la solución. Siguiendo a Nietzsche -y a Marx- piensan que no hay que ir contra el proceso, sino insertarse en él y llevarlo hasta las últimas consecuencias. No se sabe hasta dónde puede llevarse la desterritorialización y la decodificación. ¡No hemos visto nada! Marx pensaba que llegaría el momento en que la clase obrera no tendría nada que perder, habría tocado fondo, habría perdido todo territorio y todo código, estaría en la nada, entonces daría el todo por el todo y la revolución sería posible. Nietzsche pensaba que el desierto crece, que hay que asumir el nihilismo. No hay validez alguna, todo se ha vuelto inválido. Hay que apropiarse de esta pérdida de todo criterio, de este nihilismo y llevarlo hasta las últimas consecuencias. Hay que asumir valientemente la pérdida del supuesto "mundo verdadero" (el mundo inteligible del platonismo). Y sólo así, en el desierto absoluto, quizá algo nuevo pueda llegar a valer. (Esta analogía entre el "último hombre" de Nietzsche y la clase obrera "que toca fondo" de Marx no es de Deleuze, sino de Felipe Martínez Marzoa, pero ilustra muy bien el proceso decodificador del capital.) Vattimo ha protestado de la interpretación francesa de Nietzsche, pues la ve demasiado violenta, pero él quiere ofrecernos un Nietzsche "moderado". Pretende conquistarnos para una ética de la interpretación que no es sino una de resignación. Mientras que Vattimo pretende que en el capitalismo los medios de comunicación le da la voz a las culturas en su autoctonía, Deleuze no hace ilusiones y ve claramente, más bien, el efecto decodificador de la máquina capitalista. Son dos interpretaciones distintas y hasta antagónicas dentro de la tardomodernidad.

Carlos Rojas Osorio [texto completo acá]

martes, 26 de julio de 2011

Por qué soy tan sabio §7 - Otra cosa es la guerra


Otra cosa es la guerra. Por naturaleza soy belicoso. Atacar forma parte de mis instintos. Poder ser enemigo, ser enemigo - esto presupone tal vez una naturaleza fuerte, en cualquier caso es lo que ocurre en toda naturaleza fuerte. Esta necesita resistencias y, por tanto, busca la resistencia: el pathos agresivo forma parte de la fuerza con igual necesidad con que el sentimiento de venganza y de rencor forma parte de la debilidad. La mujer, por ejemplo, es vengativa: esto viene condicionado por su debilidad, lo mismo que viene condicionado por ella su excitable sensibilidad para la indigencia ajena. - La fortaleza del agresor encuentra una especie de medida en los adversarios que él necesita; todo crecimiento se delata en la búsqueda de un adversario -o de un problema- más potente, pues un filósofo que sea belicoso reta a duelo también a los problemas. La tarea no consiste en dominar resistencias en general, sino en dominar aquéllas frente a las cuales hay que recurrir a toda la fuerza propia, a toda la agilidad y maestría propias en el manejo de las armas, - en dominar a adversarios iguales a nosotros... Igualdad con el enemigo, - primer supuesto de un duelo honesto. Cuando lo que se siente es desprecio, no se puede hacer guerra; cuando lo que se hace es mandar, contemplar algo por debajo de sí, no hay que hacerla. - Mi praxis bélica puede resumirse en cuatro principios. Primero: yo sólo ataco cosas que triunfan, - en ocasiones espero hasta que lo consiguen. Segundo: yo sólo ataco cosas cuando no voy a encontrar aliados, cuando estoy solo, - cuando me comprometo exclusivamente a mí mismo... No he dado nunca un paso en público que no me comprometiese: éste es mi criterio del justo obrar. Tercero: yo no ataco jamás a personas, - me sirvo de la persona tan sólo como de una poderosa lente de aumento con la cual se puede hacer visible una situación de peligro general, pero que se escapa, que resulta poco aprehensible. Así es como ataqué a David Strauss, o, más exactamente, el éxito, en la «cultura» alemana, de un libro de debilidad senil - a esta cultura la sorprendí en flagrante delito... Así es como ataqué a Wagner, o, más exactamente, la falsedad, la bastardía de instintos de nuestra «cultura», que confunde a los refinados con los ricos, a los epígonos con los grandes. Cuarto: yo sólo ataco cosas cuando está excluida cualquier disputa personal, cuando está ausente todo trasfondo de experiencias penosas. Al contrario, en mí atacar representa una prueba de benevolencia y, en ocasiones, de gratitud. Yo honro, yo distingo al vincular mi nombre con el de una cosa, de una persona: a favor o en contra - para mí esto es aquí igual. Si yo hago la guerra al cristianismo, ello me está permitido porque, por esta parte, no he experimentado ni contrariedades ni obstáculos, - los cristianos más serios han sido siempre benévolos conmigo. Yo mismo, adversario de rigueur del cristianismo, estoy lejos de guardar rencor al individuo por algo que es la fatalidad de milenios.-

viernes, 1 de abril de 2011

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral


I

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero, si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

Es digno de nota que sea el intelecto quien así obre, él que, sin embargo, sólo ha sido añadido precisamente como un recurso de los seres más infelices, delicados y efímeros, para conservarlos un minuto en la existencia, de la cual, por el contrario, sin ese aditamento tendrían toda clase de motivos para huir tan rápidamente como el hijo de Lessing. Ese orgullo, ligado al conocimiento y a la sensación, niebla cegadora colocada sobre los ojos y los sentidos de los hombres, los hace engañarse sobre el valor de la existencia, puesto que aquél proporciona la más aduladora valoración sobre el conocimiento mismo. Su efecto más general es el engaño —pero también los efectos más particulares llevan consigo algo del mismo carácter—.

El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña. En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad. Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas. Además, durante toda una vida, el hombre se deja engañar por la noche en el sueño, sin que su sentido moral haya tratado nunca de impedirlo, mientras que parece que ha habido hombres que, a fuerza de voluntad, han conseguido eliminar los ronquidos. En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa? Ella ha tirado la llave, y ¡ay de la funesta curiosidad que pudiese mirar fuera a través de una hendidura del cuarto de la conciencia y vislumbrase entonces que el hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad. En este mismo momento se fija lo que a partir de entonces ha de ser “verdad”, es decir, se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además ocasione perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Y, además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?

Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar. Si no se contenta con la verdad en forma de tautología, es decir, con conchas vacías, entonces trocará continuamente ilusiones por verdades. ¿Qué es una palabra? La reproducción en sonidos de un impulso nervioso. Pero inferir además a partir del impulso nervioso la existencia de una causa fuera de nosotros, es ya el resultado de un uso falso e injustificado del principio de razón. ¡Cómo podríamos decir legítimamente, si la verdad fuese lo único decisivo en la génesis del lenguaje, si el punto de vista de la certeza lo fuese también respecto a las designaciones, cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva! Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una “serpiente”: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. Éste se limita a designar las relaciones de las cosas con respecto a los hombres y para expresarlas apela a las metáforas más audaces. ¡En primer lugar, un impulso nervioso extrapolado en una imagen! Primera metáfora. ¡La imagen transformada de nuevo en un sonido! Segunda metáfora. Y, en cada caso, un salto total desde una esfera a otra completamente distinta. Se podría pensar en un hombre que fuese completamente sordo y jamás hubiera tenido ninguna sensación sonora ni musical; del mismo modo que un hombre de estas características se queda atónito ante las figuras acústicas de Chladni en la arena, descubre su causa en las vibraciones de la cuerda y jurará entonces que, en adelante, no se puede ignorar lo que los hombres llaman “sonido”, así nos sucede a todos nosotros con el lenguaje. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas. Del mismo modo que el sonido configurado en la arena, la enigmática x de la cosa en sí se presenta en principio como impulso nervioso, después como figura, finalmente como sonido. Por tanto, en cualquier caso, el origen del lenguaje no sigue un proceso lógico, y todo el material sobre el que, y a partir del cual, trabaja y construye el hombre de la verdad, el investigador, el filósofo, procede, si no de las nubes, en ningún caso de la esencia de las cosas.

Pero pensemos especialmente en la formación de los conceptos. Toda palabra se convierte de manera inmediata en concepto en tanto que justamente no ha de servir para la experiencia singular y completamente individualizada a la que debe su origen, por ejemplo, como recuerdo, sino que debe encajar al mismo tiempo con innumerables experiencias, por así decirlo, más o menos similares, jamás idénticas estrictamente hablando; en suma, con casos puramente diferentes. Todo concepto se forma por equiparación de casos no iguales. Del mismo modo que es cierto que una hoja no es igual a otra, también es cierto que el concepto hoja se ha formado al abandonar de manera arbitraria esas diferencias individuales, al olvidar las notas distintivas, con lo cual se suscita entonces la representación, como si en la naturaleza hubiese algo separado de las hojas que fuese la “hoja”, una especie de arquetipo primigenio a partir del cual todas las hojas habrían sido tejidas, diseñadas, calibradas, coloreadas, onduladas, pintadas, pero por manos tan torpes, que ningún ejemplar resultase ser correcto y fidedigno como copia fiel del arquetipo. Decimos que un hombre es “honesto”. ¿Por qué ha obrado hoy tan honestamente?, preguntamos. Nuestra respuesta suele ser así: a causa de su honestidad. ¡La honestidad! Esto significa a su vez: la hoja es la causa de las hojas. Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”.

La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible. También la oposición que hacemos entre individuo y especie es antropomórfica y no procede de la esencia de las cosas, aun cuando tampoco nos aventuramos a decir que no le corresponde: en efecto, sería una afirmación dogmática y, en cuanto tal, tan demostrable como su contraria.

¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada inconscientemente y en virtud de hábitos seculares —y precisamente en virtud de esta inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad—. A partir del sentimiento de estar comprometido a designar una cosa como “roja”, otra como “fría” y una tercera como “muda”, se despierta un movimiento moral hacia la verdad; a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad. En ese instante, el hombre pone sus actos como ser racional bajo el dominio de las abstracciones; ya no tolera más el ser arrastrado por las impresiones repentinas, por las intuiciones; generaliza en primer lugar todas esas impresiones en conceptos más descoloridos, más fríos, para uncirlos al carro de su vida y de su acción. Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto. En el ámbito de esos esquemas es posible algo que jamás podría conseguirse bajo las primitivas impresiones intuitivas: construir un orden piramidal por castas y grados; instituir un mundo nuevo de leyes, privilegios, subordinaciones y delimitaciones, que ahora se contrapone al otro mundo de las primitivas impresiones intuitivas como lo más firme, lo más general, lo mejor conocido y lo más humano y, por tanto, como una instancia reguladora e imperativa. Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática. Aquel a quien envuelve el hálito de esa frialdad, se resiste a creer que también el concepto, óseo y octogonal como un dado y, como tal, versátil, no sea más que el residuo de una metáfora, y que la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto. Ahora bien, dentro de ese juego de dados de los conceptos se denomina “verdad” al uso de cada dado según su designación; contar exactamente sus puntos, formar las clasificaciones correctas y no violar en ningún caso el orden de las castas ni la sucesión jerárquica. Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera. Cabe admirar en este caso al hombre como poderoso genio constructor, que acierta a levantar sobre cimientos inestables y, por así decirlo, sobre agua en movimiento una catedral de conceptos infinitamente compleja: ciertamente, para encontrar apoyo en tales cimientos debe tratarse de un edificio hecho como de telarañas, suficientemente liviano para ser transportado por las olas, suficientemente firme para no desintegrarse ante cualquier soplo de viento. Como genio de la arquitectura el hombre se eleva muy por encima de la abeja: ésta construye con la cera que recoge de la naturaleza; aquél, con la materia bastante más delicada de los conceptos que, desde el principio, tiene que fabricar por sí mismo. Aquí él es acreedor de admiración profunda —pero no ciertamente por su inclinación a la verdad, al conocimiento puro de las cosas—. Si alguien esconde una cosa detrás de un matorral, a continuación la busca en ese mismo sitio y, además, la encuentra, no hay mucho de qué vanagloriarse en esa búsqueda y ese descubrimiento; sin embargo, esto es lo que sucede con la búsqueda y descubrimiento de la “verdad” dentro del recinto de la razón. Si doy la definición de mamífero y a continuación, después de haber examinado un camello, declaro: “he aquí un mamífero”, no cabe duda de que con ello se ha traído a la luz una nueva verdad, pero es de valor limitado; quiero decir; es antropomórfica de cabo a rabo y no contiene un solo punto que sea “verdadero en sí”, real y universal, prescindiendo de los hombres. El que busca tales verdades en el fondo solamente busca la metamorfosis del mundo en los hombres; aspira a una comprensión del mundo en tanto que cosa humanizada y consigue, en el mejor de los casos, el sentimiento de una asimilación. Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre. Su procedimiento consiste en tomar al hombre como medida de todas las cosas; pero entonces parte del error de creer que tiene estas cosas ante sí de manera inmediata,como objetos puros. Por tanto, olvida que las metáforas intuitivas originales no son más que metáforas y las toma por las cosas mismas.

Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”. Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone. Pero, por lo demás, la “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar. La palabra “fenómeno” encierra muchas seducciones, por lo que, en lo posible, procuro evitarla, puesto que no es cierto que la esencia de las cosas se manifieste en el mundo empírico. Un pintor que careciese de manos y quisiera expresar por medio del canto el cuadro que ha concebido, revelará siempre, en ese paso de una esfera a otra, mucho más sobre la esencia de las cosas que en el mundo empírico. La misma relación de un impulso nervioso con la imagen producida no es, en sí, necesaria; pero cuando la misma imagen se ha producido millones de veces y se ha transmitido hereditariamente a través de muchas generaciones de hombres, apareciendo finalmente en toda la humanidad como consecuencia cada vez del mismo motivo, acaba por llegar a tener para el hombre el mismo significado que si fuese la única imagen necesaria, como si la relación del impulso nervioso original con la imagen producida fuese una relación de causalidad estricta; del mismo modo que un sueño eternamente repetido sería percibido y juzgado como algo absolutamente real. Pero el endurecimiento y la petrificación de una metáfora no garantizan para nada en absoluto la necesidad y la legitimación exclusiva de esta metáfora.

Sin duda, todo hombre que esté familiarizado con tales consideraciones ha sentido una profunda desconfianza hacia todo idealismo de este tipo, cada vez que se ha convencido con la claridad necesaria de la consecuencia, ubicuidad e infalibilidad de las leyes de la naturaleza; y ha sacado esta conclusión: aquí, cuanto alcanzamos en las alturas del mundo telescópico y en los abismos del mundo microscópico, todo es tan seguro, tan elaborado, tan infinito, tan regular, tan exento de lagunas; la ciencia cavará eternamente con éxito en estos pozos, y todo lo que encuentre habrá de concordar entre sí y no se contradirá. Qué poco se asemeja esto a un producto de la imaginación; si lo fuese, tendría que quedar al descubierto en alguna parte de la apariencia y la irrealidad. Al contrario, cabe decir por lo pronto que, si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva. Entonces, ¿qué es, en suma, para nosotros una ley de la naturaleza? No nos es conocida en sí, sino solamente por sus efectos, es decir, en sus relaciones con otras leyes de la naturaleza que, a su vez, sólo nos son conocidas como sumas de relaciones. Por consiguiente, todas esas relaciones no hacen más que remitir continuamente unas a otras y nos resultan completamente incomprensibles en su esencia; en realidad sólo conocemos de ellas lo que nosotros aportamos: el tiempo, el espacio, por tanto las relaciones de sucesión y los números. Pero todo lo maravilloso, lo que precisamente nos asombra de las leyes de la naturaleza, lo que reclama nuestra explicación y lo que podría introducir en nosotros la desconfianza respecto al idealismo, reside única y exclusivamente en el rigor matemático y en la inviolabilidad de las representaciones del espacio y del tiempo. Sin embargo, esas nociones las producimos en nosotros y a partir de nosotros con la misma necesidad que la araña teje su tela; si estamos obligados a concebir todas las cosas solamente bajo esas formas, entonces no es ninguna maravilla el que, a decir verdad, sólo captemos en todas las cosas precisamente esas formas, puesto que todas ellas deben llevar consigo las leyes del número, y el número es precisamente lo más asombroso de las cosas. Toda la regularidad de las órbitas de los astros y de los procesos químicos, regularidad que tanto respeto nos infunde, coincide en el fondo con aquellas propiedades que nosotros introducimos en las cosas, de modo que, con esto, nos infundimos respeto a nosotros mismos. En efecto, de aquí resulta que esta producción artística de metáforas con la que comienza en nosotros toda percepción, supone ya esas formas y, por tanto, se realizará en ellas; sólo por la sólida persistencia de esas formas primigenias resulta posible explicar el que más tarde haya podido construirse sobre las metáforas mismas el edificio de los conceptos. Este edificio es, efectivamente, una imitación, sobre la base de las metáforas, de las relaciones de espacio, tiempo y número.

II

Como hemos visto, en la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico. Si ya el hombre de acción ata su vida a la razón y a los conceptos para no verse arrastrado y no perderse a sí mismo, el investigador construye su choza junto a la torre de la ciencia para que pueda servirle de ayuda y encontrar él mismo protección bajo ese baluarte ya existente. De hecho necesita protección, puesto que existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.

Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo, no queda en verdad sujeto y apenas si domado por el hecho de que con sus evanescentes productos, los conceptos, resulta construido un nuevo mundo regular y rígido que le sirve de fortaleza. Busca un nuevo campo para su actividad y otro cauce y lo encuentra en el mito y, sobre todo, en el arte. Confunde sin cesar las rúbricas y las celdas de los conceptos introduciendo de esta manera nuevas extrapolaciones, metáforas y metonimias; continuamente muestra el afán de configurar el mundo existente del hombre despierto, haciéndolo tan abigarradamente irregular, tan inconsecuente, tan inconexo, tan encantador y eternamente nuevo, como lo es el mundo de los sueños. En sí, ciertamente, el hombre despierto solamente adquiere conciencia de que está despierto por medio del rígido y regular tejido de los conceptos y, justamente por eso, cuando en alguna ocasión un tejido de conceptos es desgarrado de repente por el arte llega a creer que sueña. Tenía razón Pascal cuando afirmaba que, si todas las noches nos sobreviniese el mismo sueño, nos ocuparíamos tanto de él como de las cosas que vemos cada día: “Si un artesano estuviese seguro de que sueña cada noche, durante doce horas completas, que es rey, creo —dice Pascal— que sería tan dichoso como un rey que soñase todas las noches durante doce horas que es artesano”. La diurna vigilia de un pueblo míticamente excitado, como el de los antiguos griegos, es, de hecho, merced al milagro que se opera de continuo, tal y como el mito supone, más parecida al sueño que a la vigilia del pensador científicamente desilusionado. Si cada árbol puede hablar como una ninfa, o si un dios, bajo la apariencia de un toro, puede raptar doncellas, si de pronto la misma diosa Atenea puede ser vista en compañía de Pisístrato recorriendo las plazas de Atenas en un hermoso tiro —y esto el honrado ateniense lo creía—, entonces, en cada momento, como en sueños, todo es posible y la naturaleza entera revolotea alrededor del hombre como si solamente se tratase de una mascarada de los dioses, para quienes no constituiría más que una broma el engañar a los hombres bajo todas las figuras.

Pero el hombre mismo tiene una invencible inclinación a dejarse engañar y está como hechizado por la felicidad cuando el rapsoda le narra cuentos épicos como si fuesen verdades, o cuando en una obra de teatro el cómico, haciendo el papel de rey, actúa más regiamente que un rey en la realidad. El intelecto, ese maestro del fingir, se encuentra libre y relevado de su esclavitud habitual tanto tiempo como puede engañar sin causar daño, y en esos momentos celebra sus Saturnales. Jamás es tan exuberante, tan rico, tan soberbio, tan ágil y tan audaz: poseído de placer creador, arroja las metáforas sin orden alguno y remueve los mojones de las abstracciones de tal manera que, por ejemplo, designa el río como el camino en movimiento que lleva al hombre allí donde habitualmente va. Ahora ha arrojado de sí el signo de la servidumbre; mientras que antes se esforzaba con triste solicitud en mostrar el camino y las herramientas a un pobre individuo que ansía la existencia y se lanza, como un siervo, en buscar de presa y botín para su señor, ahora se ha convertido en señor y puede borrar de su semblante la expresión de indigencia. Todo lo que él hace ahora conlleva, en comparación con sus acciones anteriores, el fingimiento, lo mismo que las anteriores conllevaban la distorsión. Copia la vida del hombre, pero la toma como una cosa buena y parece darse por satisfecho con ella. Ese enorme entramado y andamiaje de los conceptos al que de por vida se aferra el hombre indigente para salvarse, es solamente un armazón para el intelecto liberado y un juguete para sus más audaces obras de arte y, cuando lo destruye, lo mezcla desordenadamente y lo vuelve a juntar irónicamente, uniendo lo más diverso y separando lo más afín, pone de manifiesto que no necesita de aquellos recursos de la indigencia y que ahora no se guía por conceptos, sino por intuiciones. No existe ningún camino regular que conduzca desde esas intuiciones a la región de los esquemas espectrales, las abstracciones; la palabra no está hecha para ellas, el hombre enmudece al verlas o habla en metáforas rigurosamente prohibidas o mediante concatenaciones conceptuales jamás oídas, para corresponder de un modo creador, aunque sólo sea mediante la destrucción y el escarnio de los antiguos límites conceptuales, a la impresión de la poderosa intuición actual.

Hay períodos en los que el hombre racional y el hombre intuitivo caminan juntos; el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción; es tan irracional el último como poco artístico el primero. Ambos ansían dominar la vida: éste sabiendo afrontar las necesidades más imperiosas mediante previsión, prudencia y regularidad; aquél sin ver, como “héroe desbordante de alegría”, esas necesidades y tomando como real solamente la vida disfrazada de apariencia y belleza. Allí donde el hombre intuitivo, como en la Grecia antigua, maneja sus armas de manera más potente y victoriosa que su adversario, puede, si las circunstancias son favorables, configurar una cultura y establecer el dominio del arte sobre la vida; ese fingir, ese rechazo de la indigencia, ese brillo de las intuiciones metafóricas y, en suma, esa inmediatez del engaño acompañan todas las manifestaciones de una vida de esa especie. Ni la casa, ni el paso, ni la indumentaria, ni la tinaja de barro descubren que ha sido la necesidad la que los ha concebido: parece como si en todos ellos hubiera de expresarse una felicidad sublime y una serenidad olímpica y, en cierto modo, un juego con la seriedad. Mientras que el hombre guiado por conceptos y abstracciones solamente conjura la desgracia mediante ellas, sin extraer de las abstracciones mismas algún tipo de felicidad; mientras que aspira a liberarse de los dolores lo más posible, el hombre intuitivo, aposentado en medio de una cultura, consigue ya, gracias a sus intuiciones, además de conjurar los males, un flujo constante de claridad, animación y liberación. Es cierto que sufre con más vehemencia cuando sufre; incluso sufre más a menudo porque no sabe aprender de la experiencia y tropieza una y otra vez en la misma piedra en la que ya ha tropezado anteriormente. Es tan irracional en el sufrimiento como en la felicidad, se desgañita y no encuentra consuelo. ¡Cuán distintamente se comporta el hombre estoico ante las mismas desgracias, instruido por la experiencia y autocontrolado a través de los conceptos! Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél, en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.


Friedrich Nietzsche

domingo, 2 de enero de 2011

correspondencias nietzscheanas

30 de julio 1881, a Franz Ovebeck

Estoy asombrado, realmente maravillado. -Tengo un predecesor ¡y vaya uno! Casi no conocía nada de Spinoza: el que yo lo buscara precisamente ahora fue un “acto del instinto”. No sólo que su tendencia general es igual a la mía -de convertir el conocimiento en el mas poderoso de los impulsos- me identifico con cinco puntos principales de su doctrina: éste, el más inaudito y más solitario de los pensadores es el más cercano a mí precisamente en esas cosas: niega el libre albedrío, las finalidades, el orden cósmico/ético, lo no egoísta, lo malo [...] mi soledad es ahora al menos una soledad a dúo.

viernes, 15 de octubre de 2010

y, en efecto, así es

"Un siglo más de periódicos, y todas las palabras apestarán".

(Nietzsche, verano-otoño de 1882)

jueves, 24 de diciembre de 2009

Literatura y ontología. Trazos para una comprensión filosófica de la poesía.


Introducción


I. Zambrano. La poesía y el sueño de la historia

1.1 La palabra y los sueños

1.1.1 La atemporalidad de los sueños

1.1.2 Los sueños de la persona y los sueños de la psique

1.1.3 Persona y personaje: la legitimidad poética del soñar


1.2 Argumento y tiempo

1.2.1 La tragedia en el personaje autor: Antígona

1.2.2 La novela y la soledad: del Quijote a Proust

1.2.3 La novela en Kafka: la tragedia de la Modernidad


II. Ricoeur. Tiempo y narración en el relato de ficción

  1. Los tiempos y su re-presentación

    1. Tiempo cosmológico y tiempo fenomenológico

    2. El tiempo de la conciencia: Proust, Woolf y Lispector

    3. El tiempo “fantástico”: Rulfo y Conrad

    4. El tiempo fragmentado: Faulkner, Cuningham y Arenas

III. Deleuze. Cartografías poéticas

    1. ¿Qué es una literatura menor?

      1. Re-territorialización y des-territorialización en literatura: Kafka y Joyce.

      2. La memoria y los signos. Proust: los nombres y el mundo recobrado


    1. Dispositivos poéticos

3.2.1 ¿Mecánico o maquínico?: La metáfora de la biblioteca en Borges

3.2.2 Rizoma y actualidad: La poética intempestiva de Burroughs


Conclusiones

______



Originalmente, éste sería el índice de mi tesis de maestría. Hoy lo veo como un texto que se quedó en mi cabeza, o que salió editado únicamente en chaquetas mentales o en pláticas de café con alguno que otro amigo de mi -pobre y triste- sabiduría de dos pesos. Mi principal problema con este texto non-nato, ahora, es que lo veo como un espejo arquitectónico -aunque no temático- de mi tesis de licenciatura: la estructura, la metodología prevista, el acompasado, el acento melan-cólico-esperanzador, la fotografía en claroscuros, grises, azules y verdes (románticos).

Pero ya está hecho, lo abandono y quedo con la misma intriga con la que se quedaron esas personas que leyeron el proyecto con algún ápice de entusiasmo. Porque lo cierto es que esta tesis no la escribiré yo. Aunque ahora que la reencuentro me tienta, pero ya no estoy ahí.

Lo que traigo en mente se parece más a un panal que a un edificio de tres pisos, pero no es la arquitectura lo que le queda cerca, son otros terrenos, justo -me parece- que está compuesto con cartografías y con intensidades, y no con niveles, ni cuartos aislados. Quizá sí tenga algo de músico y de cartógrafo, o lo descubro o me doy en la madre, ya lo veremos.

Por lo pronto: Ricoeur: descartado, ya habrá ocasión; Zambrano: definitivamente revisitada -simplemente no puedo dejarla, y me alegro por ello-, pero creo que sonará distinta a La nada y el eclipse de lo divino, simplemente ya la escucho en otro registro, en un espectro desfasado, más cerca de Schoenberg que de Chopin; a Deleuze lo invoco con ansiedad -y no viene, je- tiene mucho de acontecimiento mesiánico, sin duda, ha de aparecer pronto, lo sé; (Guattari, Nietzsche, Heidegger, Schlegel, Plotino, Adorno, Ortega, Hegel, Benjamin y sobre todo Spinoza serán paisaje sonoro, desgraciadamente en tercer plano pero serán una escenografía genial).

Ahora sólo me faltan el martillo, el arco y la lira. Las notas del ritornello ya suenan y las escucho mucho mejores que las campanas navideñas...., que no por mucho villancico se me quita lo grinch.ero, ¡eso sí que no!...

lunes, 23 de noviembre de 2009

Eterno Ritornello







El laberinto no es más de arquitectura, ha devenido sonoro y músico. Fue Schopenhauer quien definió la arquitectura en función de dos fuerzas, las de cargar y las de ser cargado, soporte y carga, incluso si tienden a confundirse. Pero la música aparece cuando Nietzsche se separa cada vez más del viejo embustero Wagner, el encantador: ella es lo Ligero. ¿No testimonia toda la historia triangular de Ariadna una levedad antiwagneriana, más cercana a Offenbach y a Strauss que a Wagner? Lo que es esencialmente propio de Dionisos músico es hacer saltar los techos, hacer oscilar las vigas. Sin duda hay algo ahí de la música de Apolo, y también de la de Teseo; pero es una música que divide según los territorios, los medios, las actividades, las costumbres: canto de trabajo, canto de marcha, canto de danza, canto para el descanso, canto para beber, canto de cuna..., casi pequeñas “cantinelas”, cada una con su peso. Para que la música se libere será necesario pasar al otro lado, donde los territorios tiemblan, las arquitecturas se hunden, las costumbres se confunden, donde se libera un poderoso canto de la Tierra, el gran ritornello que transforma y hace regresar todos los aires que ella traslada. Dionisos no conoce otra arquitectura que la de los caminos y las travesías. ¿No era esto ya lo propio del lied, salir del territorio a la llamada del viento de la tierra? Todos los hombres superiores dejan su dominio y se dirigen hacia la gruta de Zaratustra. Pero solo el ditirambo se extiende sobre la tierra y la desposa. Dioniso no tiene ya territorio porque él está sobre la tierra por doquier. El laberinto sonoro es el canto de la tierra, el Ritornello, el eterno retorno en persona.

martes, 26 de mayo de 2009

La voz de Zambrano -parte I- [ ¿Y los ecos de Nietzsche? ]

Ya a distancia del tiempo en que me decidí a escribir sobre ella, tras haber acabado las versiones finales de mi tesis, tras haber escrito el proyecto de maestría y con ello saber, en buena medida, cuál será el punto medular de mis reflexiones filosóficas institucionales por lo menos de aquí a dos años, siento que empiezo, apenas, a sentir realmente la influencia del pensamiento de María Zambrano.

Es algo bastante curioso porque casi siempre había pensado que su voz era el eco donde se encontraban las apuestas de Nietzsche, Heidegger, Spinoza, Plotino y algunos otros filósofos que casi siempre me han llamado la atención. Esto es un poco lamentable, no puedo negarlo, y por ello creo que tengo que aceptar que no es sino hasta hoy que logro ubicar de manera más o menos nítida su postura personal. Aunque también podría argüír que su voz no es precisamente la música más fácil de escuchar.

Y esto lo digo porque hoy día ya no creo en absoluto que su voz sea un mero eco, una repetición fantasmal de una voluntad ajena. Y a pesar que sigo encontrandola cerca de Nietzsche, creo vislumbrarla ya desde lugares muy lejanos de los que, en un principio, creía que eran el punto de encuentro entre el bigotón de Sils María y la malagueña exiliada.

Al principio, creo recordar, según mis primeros escritos sobre ella, suponía a su filosofía como deudora innegable del vitalismo nietzscheano; ese que invita a ubicar el conocimiento sobre el mundo en términos de vivencias y pasiones, y no desde el saber frío y lejano de las ciencias duras, o sea, un saber que predispone la vida a la creación afirmada a pesar del contexto trágico que pueda existir, y aunque la filosofía de Zambrano piensa lo humano en términos de creación y al mundo en términos de tragedia, cada vez la veo más lejos de Nietzsche.

Hoy tengo la sensación de que la creación afirmada -en eterno retorno- es una perspectiva netamente nietzscheana, una visión que está latente desde El nacimiento de la tragedia, que se agudiza con La gaya ciencia, y encuentra su final en el Zaratustra. Y si mal no recuerdo, esta idea queda en suspenso al final del Zaratustra y no aparecerá de nuevo sino hasta los parágrafos preparatorios para La voluntad de poder, cuando Nietzsche se encuentre al borde de la locura de la que no volverá. Porque el Nietzsche que viene después del Zaratustra es quizá el Nietzsche más oscuro, el más fuerte y destructor, el que siembra las sospechas que mejor moverán los cimientos del cristianismo y el racionalismo occidental: ahí están Genealogía de la moral, Más allá del bien y del mal y El anticristo, para dar un ejemplo de esto que digo. Es un Nietzsche totalmente ajeno a la creación, lejano en todo a su construcción con el martillo del pensar, que se sirve de dicha herramienta más para moler ruinas que para levantar ídolos. El pensar trágico no aparece en estos textos, la secuencia de estos libros es una serie de golpes para Occidente y aquí Nietzsche ni siquiera ofrece la opción salvífica de la poesía salvadora.

Con todo esto únicamente quiero hacer notar que el cúmulo de palabras de Nietzsche sobre el pensar trágico se puede resumir a dos cosas: afirmar la vida y la belleza de su abismo, o la otra, la realmente oscura, la de darse de tope con el lado terrible de las cosas, y ante ello, mofarse del mal desde el mal mismo, cambiando con este acto la genealogía de ese padecimiento, sí, pero no por ello se afirma que lo terrible desaparezca, simplemente se le incorpora, se le adhiere al cuerpo como una extremidad más. Esa es la cara más perversa de Nietzsche, la del sátiro Sileno, la que dice sí y dice no. La que dice sí en términos de masoquismo, y la que dice no, en términos de "nada pierdo", y que si se ríe ante ambas posturas es porque sabe de la felicidad que crece con el peligro -como diría Hôlderlin-.

Ahora bien, vamos con Zambrano. Zambrano está muy lejos de estas dos nociones, de estos dos modos de enfrentamiento ante la vida. Me parece que Zambrano es mucho más oscura que Nietzsche. En Zambrano no hay aves de presa, que son una figura con la que Nietzsche salva la vivencia gozosa del horror; para Zambrano construir el nido sobre el abismo es viable, mas no otorga ninguna felicidad. Zambrano es en el fondo una cristiana quizá en luto permanente. El mundo es un valle de lágrimas y al parecer nada lo va a cambiar: no lo hará Dios, pues ha muerto, y no lo hará el hombre, pues es una quimera flaca y débil, lo ha sido así hasta ahora. El mundo sólo crecerá en oscuridad y Zambrano lo sabe, la esperanza de la Aurora se queda como esperanza. No habrá revelación divina en este desierto, el superhombre es un rey mendigo que alucina poderes que jamás tendrá. Nietzsche y Hegel hacen lo mismo: delirar ante la barbarie de la noche oscura. Ambos están ávidos de dioses y eso los deja en un plano mucho más feliz que el que jamás ha de alcanzar Zambrano. Y a todo esto, ¿a qué viene esto?, ¿a qué viene la soledad de Zambrano? Creo que la soledad es una condición elemental para entender a Zambrano, la principal tesis de "Persona y democracia" es la que afirma que el hombre tiene que desembarazarse de proyectos políticos si estos amenazan contra su inherente libertad, y que de la democracia apenas y conocemos el nombre, pues la confundimos con cualquier estado liberalista-esclavista (pero creo que eso lo han venido repitiendo desde Hobbes, a pesar de los acentos, posturas y matices); lo que aporta Zambrano es el análisis contextualizado en una estructura sacrificial, donde la Historia y la Democracia fungen como dioses, y las personas como carne para sacrificio a dichas entidades; y ya en este ámbito, creo que lo más rescatable es aquello que dice de la soledad, la soledad del hombre ante el mundo. Es una especie de existencialismo con dos rayitas arriba en la tragicidad. La soledad es la versión personalista de la nada ontológica.

Si de algo supo Zambrano, fue de soledades, muchos tipos. Las padeció en España, en Chile, en México, en Cuba, en Suiza, en Italia y, al final como al comienzo, de nuevo en España. Todo su trayecto fue el de alguien que no encontró terreno firme al cual asirse, precisamente porque ya no lo hay, y su visión era demasiado profunda para poder pasar por entre ruinas con la sonrisa feliz y demente del Nietzsche dionisiaco o el Heidegger indiferente al mundo: el Heidegger resentido con el mundo sin Dios, él que siempre fue un teólogo frustrado -el Papa jubilado del Zaratustra-.

La soledad de Zambrano es, además, una soledad ante el mundo, que pierde el mundo total y se queda con apenas lo que las propias manos pueden agarrar de él.

En Zambrano hay un dolor por el mundo que se desploma y que no deja lugar a que otras visiones se asienten. Zambrano es más oscura que Nietzsche o que Heidegger, porque el dolor por el fracaso de Europa (Occidente) no desaparece a bien. Ante la muerte de Dios, el solitario de Sils María es un niño que sale a jugar al mundo, un niño que juega en la playa a construir castillos de arena en plena penumbra; sin embargo, Zambrano vacila en su andar, incluso en la aurora, zambrano, cuando se acerca a su soledad -dejando de lado su razón poética- sufre su camino a cada instante. No tiene, ni quiere tener, los pies ligeros de Zaratustra...

martes, 30 de septiembre de 2008

§22

[La perspectiva hermenéutica en "Más allá del bien y del mal". Dos interpretaciones de Nietzsche]

Perdóneseme el que yo, como viejo filólogo que no puede dejar su malicia, señale con el dedo las malas artes de interpretación: pero esque esa "regularidad de la naturaleza" -de que vosotros los físicos habláis con tanto orgullo, como si - no existe más que gracias a vuestra intepretación y a vuestra mala "filología", ¡ella no es un hecho, no es un "texto", antes bien es sólo un amaño y una distorsión ingénuamente humanitarios del sentido, con los que complacéis bastante a los instintos democráticos del alma moderna! "En todas partes, igualdad ante la ley, - la naturaleza no se encuentra en este punto en condiciones distintas ni mejores que nosotros": graciosa reticencia con la cual se enmascara una vez más la hostilidad de los hombres de la plebe contra todo lo que es privilegiado y soberano, y asimismo, un segundo y más sutil ateísmo.
<Ni dieu, ni maitre>
[ni Dios, ni amo] - también vosotros queréis eso: y por ello "¡viva la ley natural!" -¿no es verdad? Pero, como hemos dicho, esto es interpretación, no texto; y podría venir alguien que con una intención y un arte interpretativos antitéticos supiese sacar de la lectura de esa misma naturaleza, y en relación a los mismos fenómenos, cabalmente el triunfo tiránico, despiadado e inexorable de pretensiones de poder, - un intérprete que os pusiese de tal modo ante los ojos la universalidad e incondicionalidad vigentes en toda "voluntad de poder", que casi toda palabra, hasta la propia palabra "tiranía", acabase pareciendo inutilizable o una metáfora debilitante y suavizadora - algo demasiado humano-; y que, sin embargo, afirmase acerca de éste mundo, en fin de cuentas, lo mismo que vosotros afirmáis, a saber, que tiene un curso "necesario" y "calculable", pero no porque en él dominen leyes, sino porque faltan absolutamente las leyes, y todo poder saca en cada instante su última consecuencia. Suponiendo que también esto sea nada más que interpretación -¿y no os apresuréis vosotros a hacer esa objeción? - bien, tanto mejor.->>
Nietzsche


A cualquier iniciado en filosofía moderna, particularmente del siglo XX, este texto debería sacarle enormes dudas sobre las cualidades proféticas de Nietzsche, o peor aún, sobre las capacidades transformadoras y configuradoras del sentido del pensamiento de Occidente que en su obra y en este breve extracto se condensan y se anidan. Tal como él mismo lo vaticinaba cuando afirmaba que él no era un hombre, sino dinamita, y que junto con su nombre estarían ligados algunos de los momentos más llenos de bondad y de maldad que podría ver la historia. Pues bien, algo de esto también está aquí. No sé, si tal como él temía, ha partido la historia en dos, a decir verdad me parece que ese tipo de pensamientos son producidos por su humor un tanto exajerado y su personalidad narcicista. Pero que en el fondo no creía que esto fuera cierto, si bien, por otro lado, sabía que efectivamente su pensamiento sería importante, pero no tanto como para partir a la historia. Veamos pues el meollo hermenéutico que se anuda en esta perspectiva de Nietzsche:


1)

Por un lado, en una clara confrontación con la "interpretación" fisicalista del mundo, resguardada en el prestigio de la verdad que las ciencias "duras" y el saber democrático que ofrecen -un saber demostrable a través de teorías y experimentos legibles, intelegibles y con sentido para cualquiera- Nietzsche dirá que dichas concepciones no tienen la fuerza suficiente para ver, para crear una verdad poderosa y afirmadora de la vida, son plebeyas y pobres, se sostienen sobre el miedo colectivo, sobre el saber colectivo, sobre la mucha o poca fuerza que en conjunto pueden acumular entre muchas voluntades débiles. Y señalo esto, porque bien sabemos que las nociones del sentido de la realidad y del modo de ser del mundo para Nietzsche no están dadas de una vez y para siempre, refieren antes que nada a una lucha de fuerzas, a una vivencia del mundo que se afirma o se niega en la interpretación, en el mundo que puede construir una vez que se ha enfrentado con el fondo amorfo de la existencia, es decir, cada interpretación del mundo dependerá de la valoración de la vida que cada una ejecuta. La igualdad para todos, principio democrático, tanto en términos políticos como epistémicos, vendrá a ser una voluntad pobre, que sólo logra conseguir fuerza a través de la unión de empujes débiles que ya en conjunto pueden someter otras voluntades. Reino de la plebe será entonces el reino de la verdad de la ciencia. Reino de la plebe fue el siglo XX entonces. Donde la regularidad de la naturaleza(la física moderna) y la regularidad de los movimientos sociales, las lecciones de la historia y la ciencia de la historia geopolítica(sociología), dieron el triunfo de las perspectivas de la verdad del mundo al nuevo dios, el Estado y sus engendros nihilistas: el progreso para todos(futurismo, todo futuro será mejor para todos), la sustentabilidad económica global(libertad absoluta en el consumo, capitalismo), el rendimiento de las materias primas(ecología, ecolatría), y el reino del orden(facsismo) y la existencia uniforme( american way of life). Cúmulo de fuerzas nihilistas pues, democracia de la verdad y de la vida, de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Esa es la perspectiva de una filología de la física y las ciencias y verdades del pueblo, de la plebe. Equidad de lo humano y lo natural mencionaba Nietzsche.Perspectiva de un mundo humano, demasiado humano, hasta en la brutalidad de lo orgánico.


2)

"y podría venir alguien que con una intención y un arte interpretativos antitéticos supiese sacar de la lectura de esa misma naturaleza, y en relación a los mismos fenómenos, cabalmente el triunfo tiránico, despiadado e inexorable de pretensiones de poder""

Dos lecturas de esto:

2.1 perspectiva filosófica

Interpretación ¿Interpretación? ¿No fue acaso precisamente esto lo que Heidegger hizo con su lectura de Nietzsche, con su hegemónica e imparcial interpretación de Nietzsche? ¿Particularmente en lo que respecta a "la voluntad de poder" y al "superhombre"? Traigo esto a colación porque, en cierto sentido, Heidegger le hace justicia a lo que Nietzsche dice de fondo: "Después de todo, todo es interpretación y nada más que eso". Por eso, cuando Heidegger equiparó la voluntad de poder nietzscheana con lo que Nietzsche mismo criticaba como "voluntad de dominio", parece que está haciendo un acto de apego metódico más que semántico. Nietzscheano a fin de cuentas Heidegger. Tan nietzscheano que le achacó a éste el delirio por el dominio político que, curiosamente, él sí ejecutó con su adhesión al nazismo y su declarado antisemitismo - no por nada Celan y Hannah Arendt bien podrían diagnósticarse como padecedores de una identificación con el agresor, pero eso es otro asunto-.
Y no sólo Heidegger, también otros nietzscheanos han hecho lo mismo. La pregunta de fondo es si, en efecto, ¿se puede trasgiversar y trastornar las palabras de Nietzsche, o si más bien, el legado que deja en cada pensador es, otra vez, simple e inocente interpretación?
Y dicho sea de paso. Esto no lo señalo para decir que Heidegger haya minimizado a Nietzsche,reduciendo el pensamiento de Nietzscha a una filosofía política violenta; y mucho menos para insinuar que en buena medida Heidegger plagió la ontología del discípulo de Dionisos, digo, dado que desde ciertas analogías erróneas la filosofía de Nietzsche podría coincidir con los "grandes descubrimientos filosóficos" de Heidegger (Vitalismo- La pregunta por el ser(del ser- ahí), (Apolo-Dionisos - Mundo-Tierra), (Perspectivismo- Hermenéutica). No. Claro que no. No quisiera ser yo tan injusto con la filosofía más prolífera y original del siglo XX.

2.2) lectura política

La fama malganada de Nietzsche de antisemita que se ha colado en el pensamiento común gracias a un claro desconocimiento de la obra de Nietzsche y aún más de las circunstancias históricas en que apareció y se desarrolló el odio a los judíos en el pueblo alemán.
Pues bien, habrá que decir que si bien Nietzsche despreciaba buena parte de los elementos más importantes de la tradición moral e intelectual de los judíos, lo mismo hacía y en mayor medida para con la tradición cristiano-germánica.
Por eso resulta a cierto grado extraño la adhesión que hicieron los nazis de la filosofía de Nietzsche. Su interpretación del "superhombre" debió de parecer sin duda "violenta", injusta y trasgiversada a más de un judío en la hoguera. Miren que eso de asumirse como superhombres, a fin de cuentas es un ejercicio de mala filología. Digo esto porque, si bien los nazis que pensaban que era una fórmula que apelaba a un hombre mejor que el resto de los hombres, bien sabemos que para Nietzsche, refería más bien a un hombre que superara los valores nihilistas propios de la tradición occidental. Particularmente los que apelaban a instancias externas y transmundanas para afirmar el valor de la vida y la fuerza de ésta. Así entendido resulta raro que los nazis fueran católicos tan bien portados, tan finos y elegantes, tan germanos, tan apegados al poder del Estado y sobre todo, de las tiranías. Los nazis, y su imperio de ilusiones en la verdad y la ciencia, la ciencia católica y la verdad democrática: Pero a fin de cuentas, bien lo sabemos, tuvieron "
un intérprete que os pusiese de tal modo ante los ojos la universalidad e incondicionalidad vigentes en toda "voluntad de poder", que casi toda palabra, hasta la propia palabra "tiranía", acabase pareciendo inutilizable o una metáfora debilitante y suavizadora - algo demasiado humano-; y que, sin embargo, afirmase acerca de éste mundo, en fin de cuentas, lo mismo que vosotros afirmáis, a saber, que tiene un curso "necesario" y "calculable".

No obstante, Nietzsche no decía tanto disparate con esto. Eso fue lo que pasó, no es que los nazis hayan hecho lo que hicieron ante la falta de leyes, más bien, descubrieron las que sí dominan, las que sí imperan en el mundo dominado por el miedo y voluntades débiles: el miedo y la voluntad de disolverse en la nada.

pero no porque en él dominen leyes, sino porque faltan absolutamente las leyes, y todo poder saca en cada instante su última consecuencia.

En fin, al final del día, lo mismo los grandes filósofos, dadores de grandiosas y benébolas formas de abrir la existencia, que los terribles y malos nazis, villanos de la novela del siglo XX.¡Unos y otros están ligados al nombre de Nietzsche y con justicia! Después de todo:
Suponiendo que también esto sea nada más que interpretación...bien, tanto mejor.