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viernes, 9 de enero de 2009

PJ Harras´s mención honorífica vs mis conclusiones abismáticas

CONCLUSIONES

[La danza del bienaventurado sobre el abismo]

Yo escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable.

Fijaba vértigos.

Arthur Rimbaud

El objetivo central de esta tesis ha sido pensar lo sagrado, la nada, la poesía y el eclipse de lo divino, nos hemos servido de la filosofía de María Zambrano como pretexto para esta labor, en la que lo mismo hemos recurrido a su palabra que a la de los románticos, Rudolph Otto, Hegel, Heidegger y –particularmente- Nietzsche, como los principales interlocutores para su pensamiento en estos temas.

Ahora bien, a modo de conclusión se nos ofrece que para pensar el reino de la nada (el nihilismo como el marco histórico en el que se emplazan estos problemas), y todavía más, para habitarla y reconocerla en el interior de lo humano (la nada en su acepción de padecimiento entrañado), la acción necesaria es despertar y darse cuenta de la pérdida de sentido que tiene lugar tras la muerte de Dios: esto implica que hay que encontrarnos (co-encontrarnos), a partir de lo que hay de común en este momento, es decir, asimilar de manera común la orfandad universal del hombre respecto a lo divino. Porque como ya hemos dicho, si hubiera algo que se debiera hacer colectivamente hoy día, eso habría de ser el reconocimiento de la pérdida del sentido religioso de la vida, o al menos, la desaparición de la confianza como auténtica fe en instancias trascendentes; eso es quizá lo único que queda por hacer en tanto que criaturas abandonadas por un Dios que se ha ido al fondo del abismo.

Pero no confundamos este reconocimiento de una situación comúnmente padecida con la idea de una comunidad que haría de los hombres una fraternidad feliz de huérfanos a pesar de que ha desaparecido el centro de religación que mantenía unido todo. No, no es esto lo que ocurre; si Dios se disuelve no nos queda ya Aquél que mediaba entre las criaturas, y por ende se pierde el lazo que religaba a los hombres entre sí, que reunía armónicamente al hombre con el mundo y las demás cosas entre ellas.

Dicha orfandad nos ubica en un estado de enfrentamiento violento (retorno al momento de Caín y Abel, pero sin un Dios mediador). Además, vamos de nueva cuenta al delirio persecutorio ante la alteridad avasallante del cosmos vacío. Así, el actual co-encontrarse se da como un desencuentro -según el decir coloquial-, y así lo han denunciado los terribles acontecimientos que han tenido lugar en los pasados siglos. No obstante, a pesar de este carácter oscuro, debemos dejar que se oiga con todo su estruendo el habla de la época e ir más de las “habladurías”[1] de la muerte de Dios, y enfrentar de lleno a la nada en el mundo y al interior de lo humano mismo: esto es, alcanzar la orilla ante el abismo en vez de dar vueltas en círculos con tal de no afrontar el horizonte desaparecido frente a nosotros.



[1] Habladurías en el sentido heideggeriano, según lo postulado en El ser y el tiempo, ver §35 Las <>: “Las habladurías son (…) un cerrar. Este cerrar se hace cada vez mayor por el hecho de que en las habladurías se cree haber alcanzado la comprensión de lo hablado “en” el habla, y en virtud de esta creencia estorban toda nueva pregunta y discusión, descartándolas y retardándolas de un modo peculiar”, p. 188.



Porque no son precisamente estos los tiempos de esa luz diáfana y cristalina; no; estos son tiempos más oscuros, ya ni siquiera los tiempos crepusculares del ocaso, esa hora le ha tocado al Romanticismo y al siglo XIX, la época actual es más bien la más oscura noche. Zambrano la denomina noche oscura de lo humano: el momento más negro en la rueda de los tiempos.

Zambrano afirma y nosotros con ella que el proceso de lo divino ha cerrado su ciclo, la divina razón de nuestra tradición occidental llegó a su fin, a su final, y el despliegue se ha cerrado en el mutismo hermético del delirio cultural que hoy día padecemos. Lo divino se ha encerrado de nuevo en ese fondo del que otrora emergió, en tiempos remotos y originarios de lo humano, a saber, lo divino se ha hundido de nuevo en lo sagrado. De ese nacimiento, del amanecer del hombre y de la cultura Zambrano nos dice: “Todo es realidad. En el principio era el delirio visionario del Caos, la ciega noche”[1]. Con ese delirio visionario, Zambrano se refiere al carácter ciego con el que el hombre habitaba lo real en ese surgimiento de lo humano y así nos encontramos nuevamente, tierra adentro en el imperio sagrado de la nada.

Y si enfrentar la nada, el vacío que deja la falta de fundamento firme al interior de la vida, parece una tarea titánica, del mismo tenor se requiere el valor para seguir caminando en las fantasmagorías y los espejismos del desierto, el cuál, por cierto, no sólo causa vértigo frente al horizonte, también da lugar a la apertura de otras posibilidades de comprensión del modo de ser del mundo y del modo de estar en él, pues hace notar que dicha pérdida del lugar antiguamente habitado implica la necesidad de hacernos nuevos caminos, rutas hacia mundos alucinantes, oasis singularísimos entre las dunas uniformes, y así se ha aparecido el arte de los nuevos tiempos, el arte contemporáneo: abierto desde el delirio creador ante el sinsentido. Locura versus voluntad de dominio (que no voluntad de poder), esto es: afirmar el reino absurdo del arte que dejarnos dominar por la política de la violencia y la homogenización anihilante de este mundo.

Por ello remarcamos, la nada nos lleva a trazar nuevos senderos en el bosque de lo humano, aun cuando esta pueda ser (y lo es) una vía oscura: un sendero de alta montaña –como decía Nietzsche-, y así es el descenso a los ínferos de la poesía, pero ahora un hundimiento en poesía vital, en la vida propia como literatura, el pensamiento como tragedia, el ser abierto como poiésis, como poesía pura en acción: acción pura en poesía.



[1] M. Zambrano, El hombre y lo divino, p. 31.

En la poesía que es el lenguaje sagrado que resguarda el misterio, la palabra escondida de lo que el mundo ha de ser mañana y a la posteridad, por eso ocupa un lugar elemental junto con el resto de las artes, porque arte y poesía son paradigma del nuevo horizonte histórico, de este horizonte abierto y aún no dibujado por ningún Dios, ni tan siquiera por el dios venidero o el dios desconocido; ambos siguen ocultos en el seno de la nada sagrada.

Vemos, pues, que este desierto nihilista supone tanto la belleza de la vida en permanente creación como también lo terrible y sublime de la eterna tragedia, porque mientras habitemos el mundo en pleno eclipse de lo divino estaremos condenados a no descansar jamás, obligados a crearnos cada día de nuevo, labor titánica decíamos, labor prometeica, habría que añadir, ya que bien podemos decir que estamos arrojados al destino de Prometeo: sufrimos al igual que él por aventurarnos al desafío de querer ser como dioses, delirio del superhombre, pero a la par carcomidos día a día mirando nuestras pasiones desgarradas desde las entrañas y regenerados con cada nueva aurora. Porque esta poesía reinante en la vida es una condena, y Platón lo sabía bien cuando la obligó a habitar los arrabales del mundo. Seguro que fue por ello que la poesía fue condenada[1], por involucrar necesariamente el devenir destructor de Cronos, la palabra que se las tiene qué ver con el tiempo y su constante vaciamiento.

“La palabra se consume, que se consuma en quien la recibe.”[2] Y así es nuestro ciego andar, nos consumimos actualmente con cada clamo por dar con lo divino ausente, esa es la única trascendencia posible ahora que somos nosotros esa palabra que se ejecuta en la historia demente, divinidad despiadada que tira hacia todos lados, hacia arriba y hacia abajo, en fin: hacia la nada misma, que es el epicentro del Universo; y de esto hay que cuidarnos cuando buscamos nacer como personas, hay que procurar no ser devorados por la historia como los hijos de Cronos en la pintura de Velásquez.



[1] Cf. María Antonia González Valerio, “La poesía condenada”, en Greta Rivara, Vocación por la sombra, pp. 97-107.

[2] María Zambrano, “Apuntes sobre el lenguaje sagrado y las artes”, en Obras reunidas, p. 222.



Lo que nos lleva a ubicar con exactitud aquella alternativa sugerida por Zambrano, despertar la persona en nuestro interior y transformarla en un ser de la aurora, y si corremos con suerte volvernos un bienaventurado, esa versión piadosa del superhombre de Nietzsche. Pues estos seres, ni divinos ni divinizados, sino más bien, criaturas de lo sagrado y de lo divino, creados y creadores por el fondo primordial del ser, pioneros fundadores, visionarios, más bien, de lo que el mundo futuro ha de ser. Y así, el filósofo hará de la palabra un mundo, determinado en sus partes, racionalizado de la raíz a la punta; el poeta, buscará el punto medio entre la construcción y la apertura a nuevas formas de ser, crea y destruye incesantemente, ese es su destino, se crea él, crea su mundo y después desvanece ambas cosas con su nuevo peregrinaje. El místico hará otra cosa, se quedará en el silencio de Dios. La palabra es la carne y el silencio es el espíritu. Nos dice María Zambrano que,

Los bienaventurados nos atraen como un abismo blanco. Están rodando en silencio en una danza que cuando se hace visible es orden, armonía geométrica. Mas de una geometría no inventada, de una geometría dada como en regalo por el señor de los números y de las danzas. La danza de lo acabado de nacer o de lo que no ha nacido todavía, o de lo que nunca nacerá, pero la danza que es danza para siempre.

Porque en efecto, los bienaventurados son la trascendencia más alta de la persona, trascendencia no en sentido trasmundano, sino como un ir más allá de sí mismos mediante la piedad, el trato adecuado con los aspectos divinos y sagrados de la realidad. Si el hombre es en principio una nada, de la cual brota también la primera definición de lo humano mismo, a saber, la piedad: el clamo del hombre solo frente al lo infinito informe del universo.

Hay que decir que esta piedad, que permanece tras la muerte de Dios, consigue funcionar como el motor del bienaventurado, evidentemente no lo hará como una auténtica piedad, en el actual nihilismo no hay dioses auténticos con quienes tratar, pero da origen al movimiento, al viaje, es el punto de partida en el itinerario de ascenso y descenso ante los precipicios del futuro. Y quizá por ello los bienaventurados son gemas en la corona de los seres, pero más que otra cosa, son danzantes que sobrevuelan la noche oscura de lo humano, ya lo decía Nietzsche: “quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos”, así lo repite, –a su manera-, María Zambrano con la danza de los bienaventurados: danza de los mundos por nacer, o de los mundos que quizá nunca nacerán, pero danza que es danza para siempre, los pies ligeros de Zaratustra que sobrevuelan y hacen del vacío la morada.