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martes, 30 de agosto de 2011

las 7 ½ antes de la cena

En este momento (tengo las 7 ½ antes de la cena) sólo puedo anotar que el pasado es hermoso porque uno nunca comprende una emoción en su momento. Se expande más tarde, y por tanto no tenemos emociones completas respecto al presente, sólo respecto al pasado. Recordaré esto; y le sacaré más jugo(...). Ésa es la razón por la que reflexionamos en el pasado, creo.[1]



[1] Virginia Woolf, Diarios 1925 -1930, (miércoles 18 de marzo 1925), Edición de Anne Oliver Bell, Traducción de Maribel de Juan, Ediciones Siruela, Madrid, 1993, p. 23.


martes, 26 de julio de 2011

El Libro Vacío (Fragmento)

No he querido hacerlo. Me he resistido durante veinte años. Veinte años de oír: "tienes que hacerlo..., tienes que hacerlo". De oírlo de mí mismo. Pero no de ese yo que lo entiende y lo padece y lo rechaza. No; del otro, del subterráneo, de ese que fermenta en mí con un extraño hervor.
Lo digo sinceramente. Créanme. Es verdad. Además, lo explicaré con sencillez. Es la única forma de hacérmelo perdonar. Pero antes, que se entienda bien esto: uso la palabra perdonar en el mismo sentido que la usaría un fruto cuando inevitablemente, a pesar de sí mismo, se pudriera. El sabría que era una transformación inexorable. De todos modos, creo yo, se avergonzaría un poco de su estado; de haber llegado, cierto que sin impurezas originales, a una especie de impureza final. Es algo semejante, muy semejante. Al decir "hacérmelo perdonar", me refiero al resultado, pero no al tránsito, no al recorrido. Hay algo independiente y poderoso que actúa dentro de mí, vigilado por mí contenido por mí, pero nunca vencido. Es como ser dos. Dos que dan vueltas constantemente, persiguiéndose. Pero, a veces me he preguntado: ¿quién a quién? Llega a perderse todo sentido. Lo único que preocupa es que no se alcancen. Sin embargo debe haber ocurrido ya, porque aquí estoy, haciéndolo. ¡Ah, quisiera poder explicar lo patético de este enlace! No sé si es esta mitad de mí, esta con la que creo contar todavía, esta con la que hablo, la que, agotada, se ha sometido a la otra para que todo acabe de una vez, o si es la otra, esa que rechazo y hostigo, esa contra la que ha luchado durante tanto tiempo, la que por fin se yergue victoriosa. No sé; de todos modos es una derrota. Pero tal vez una derrota buscada, hasta anhelada. ¿Cómo voy a saberlo ya? Sé que solamente bastaría un momento, este, o este... cualquier momento. Pero ya han pasado varios; ya han pasado los que gasté en decir que podrían ser los finales. Bastaría con no escribir una palabra más. Ni una más... y yo habría vencido. Bueno, no yo, no yo totalmente, pero sí esa mitad de mí que siento a mi espalda, ahora mismo, vigilándome, en espera de que yo ponga la última palabra; viendo cómo voy alargando la explicación de la forma en que podría vencer, cuando sé perfectamente que el explicar esa forma es lo que me derrota. No escribir. Nada más. No escribir. Esa es la fórmula. Y levantarme ahora mismo, lavarme las manos y huir. ¿Por qué digo huir? Simplemente irme. Tengo que ser sencillo. Debo irme. Así no tengo que explicar nada. Debo poner un punto y levantarme. Nada más. Un punto común y corriente, que no parezca el último. Disfrazar el punto final. Sí, eso es, Aquí. Eso es, pero ¿para quién? Deseo aclarar esto. (Es sólo un pequeño, momentáneo retorno, después me iré.) Yo no quiero escribir. Pero quiero notar que no escribo y quiero que los demás lo noten también. Que sea un dejar de hacerlo, no un no hacerlo. Parece lo mismo, ya sé que parece lo mismo. ¡Es desesperante! Sin embargo, sé que no es igual. Por lo contrario, sé que es absolutamente distinto, terriblemente distinto. Porque el dejar de hacerlo quiero decir haber caído y, no obstante, haber salido de ello. Es la verdadera victoria. El no hacerlo es una victoria demasiado grande sin lucha, sin heridas. ¡Ahí está otra vez! Es lo que pasa siempre. Después de escrita una cosa, o hasta cuando la estoy escribiendo, se empieza a transformar y me va dejando desnudo. Ahora pienso que lo importante, lo valioso sería precisamente no hacerlo. Esa lucha, esas heridas de que hablé antes tan... ampulosamente, no son más que el escenario y el decorado de la actitud. ¿Para qué voy a emprender una batalla que quiero ganar, si de antemano sé que no emprendiéndola es como la gano? Es mucho más fácil: sencillamente no escribir. Pero entonces resulta que queda en la sombra, oculta para siempre, la decisión de no hacerlo. Y esa intención es la que me interesa esclarecer. Necesito decirlo. Empezaré confesando que ya he escrito algo. Algo igual a esto, explicando lo mismo. Perdonen. Tengo dos cuadernos. Uno de ellos dice, en alguna parte: Hoy he comparado los dos cuadernos. Así no podré terminar nunca. Me obstino en escribir en éste lo que después, si considero que puede interesar, pasaré al número dos, ya cernido y definitivo. Pero la verdad es que el cuaderno número dos está vacío y éste casi lleno de cosas inservibles. Creí que era más fácil. Pensé, cuando decidí usar este sistema, que cada tres o cuatro noches podría pasar al cuaderno dos una parte seleccionada de lo que hubiera escrito en éste, que llamo el número uno y que es una especie de pozo tolerante, bondadoso, en el que voy dejando caer todo lo que pienso, sin aliño y sin orden. Pero la preocupación es sacarlo después, poco a poco, recuperarlo y colocarlo, ya limpio y aderezado,, en el cuaderno dos, que será el libro. No; creo que no lo haré nunca. Me sorprende poder escribir: "creo que no lo haré nunca". Pero esta noche estoy tranquilo, sereno, resignado mansamente al fracaso. También me sorprende poder escribir la palabra "mansamente", aplicándola a mí mismo, porque la tenía reservada par mi madre. Pensaba: cuando yo la describa en alguna parte del libro, usaré varias veces el término "mansamente". A costa de esa palabra tengo que revelarla. Para mí había preparado otras. Hoy no importa usar aquélla. Esta noche soy verídico. (No me gusta esta última palabra: es dura, parece de hierro, con un gancho en la punta. En el cuaderno dos la suprimiré.) Soy sincero. Esta noche yo sincero. Sé que no podré escribir. Sé que el libro, si lo termino, será uno más entre los millones de libros que nadie comenta y nadie recuerda. A veces repito mi nombre: José García. Lo veo escrito en cada una de las páginas. Oigo a las gentes decir: "el libro de José García". Sí, lo confieso. Hago esto con frecuencia y me gusta hacerlo. Pero de pronto, violentamente, se rompe todo. ¡Qué absurdo, Dios mío, qué absurdo! Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? ¿Quién es José García? ¿Quién es ese José García que quiere escribir, que necesita escribir, que todas las noches se sienta esperanzado antes un cuaderno en blanco y se levanta jadeante, exhausto, después de haber escrito cuatro o cinco páginas en las que todo eso falta? Hoy descanso, Hoy digo la verdad. No podré escribir jamás. ¿Por qué entonces esta necesidad imperiosa? Si yo lo sé bien: no soy más que un hombre mediano, con limitada capacidad, con una razonable ambición en todos los demás aspectos de la vida. Un hombre común, exactamente eso, un hombre igual a millones y millones de hombres. ¡Ah, quisiera que alguien me contestara! ¿Por qué entonces esta obsesión? ¿Por qué este dolor desajustado? ¿Por qué un libro no puede tener la misma alta medida que la necesidad de escribirlo? ¿Por qué habita esta espléndida urgencia en tan modesto, oscuro sitio? Pensé que era fácil empezar. Abrí un cuaderno, comprado expresamente. Preparé un plan, hice una especie de esquema. Con letras de imprenta y números romanos, muy bien dibujados, puse: CAPÍTULO I.- MI MADRE. Pero inmediatamente sentí el temor. No, no puedo comenzar con eso. Parecería que como no tengo nada importante qué decir empiezo por los primeros pasos, por el balbuceo. Pensarían que para no caer me aferro a la falda de mi madre, como cuando era niño. Así, para poder escribir algo, tuve que mentirme; escribo para mí, no para los demás, y por lo tanto puedo relatar lo que quiera: mi madre, mi infancia, mi parque, mi escuela. ¿Es que no puedo recordarlo? Los escribo para mí, para sentirlos cerca otra vez, para poseerlos. El niño, como el hombre, no posee más que aquello que inventa. Usa lo que existe, pero no lo posee. El niño todo lo hace al través de su involuntaria inocencia, como el hombre a través de su congénita ignorancia. La única forma de apoderarnos hondamente de los seres y de las cosas y de los ambientes que usamos, es volviendo a ellos por el recuerdo, o inventándolos, al darles un nombre. ¿Qué sabía de mi madre cuando tenía yo nueve años? Que existía, solamente. "Mamá está durmiendo..., mamá ha salido..., mamá se va a enojar..." Eramos entonces demasiado reales, demasiado actuales para poder darnos cuenta de lo que éramos y de cómo éramos. Pero claro, yo mentía deliberadamente. No escribo para mí. Se dice eso, pero en el fondo hay una necesidad de ser leído, de llegar lejos; hay un anhelo de frondosidad, de expansión. Entonces pensé que no podía usar situaciones y sentimientos personales que reducirían, que localizarían el interés. Y empezó la lucha por atrapar el concepto, la idea amplia, de entre el montón de paja acumulado en mi cuaderno número uno. Es lo difícil. Del párrafo anterior, por ejemplo, me gusta esto: "regresar, por el recuerdo, para poseer con mayor conciencias lo que comúnmente sólo usamos". Pienso: ¡en torno a esto, en torno a esto hay que poner algo! Pero la frase se me queda así, seca, muerta, sin el calor que tiene cuando la empleo para justificarme. Alguna vez creí que no era bueno el sistema de tener dos cuadernos. Para el número dos no encontraba nada digno, nada suficientemente interesante y logrado. Tiene que ser directo, decidí, y me puse a escribir con valor, sin titubeos, resuelto a empezar. Al día siguiente tuve que volver al antiguo método. Sólo había escrito: Estoy aquí, tembloroso, preparado, en espera de la idea que no llega. Es un momento difícil. Al principio uno no sabe cómo hacer para atrapar a los lectores desde la primera palabra. A los lectores o a uno mismo. Uno puede ser su lector, su único lector, eso no tiene importancia. Escribo para mí: que quede bien entendido. Escucho con avidez los ruidos de la casa; dirijo la mirada a todas partes. De alguna tendrá que venir una sugestión, un recuerdo, una voz... !Los ruidos¡ ¿Qué puedo recibir de ellos, conocidos hasta el cansancio? Hay uno: el murmullo tierno de una mujer que va y que viene haciendo cosas mínimas. Por el número de pasos sé perfectamente en dónde se encuentra y a dónde se dirige. En la cocina, el discreto ruido personal se acompaña de otro, peculiar y molesto. Parece que el simple hecho de que alguien entre en la cocina pone en movimiento los platos, los cubiertos, la llave del agua. Hay un tintineo y un gotear enervantes. Además, fatalmente, algo cae. Menos mal si se rompe, porque entonces el ruido termina pronto y tiene una especie de justificación dramática. Lo terrible es cuando caen esas tapas de peltre o aluminio que si siguen temblando en el suelo, en forma ridícula, y que no sufren daño alguno con el golpe. Es inevitable; cuando ella entra a la cocina tengo que permanecer quieto, prevenido para que no me sorprenda el estrépito. Esto me hace perder tiempo pero, debo decirlo, en el fondo me agrada encontrar una excusa para quedarme un rato en blanco, para legalizar un momentáneo descanso." Eso era todo. Naturalmente no lo utilicé. No tiene interés. No sé cómo empecé a hablar de esos ruidos domésticos que de tan oídos nadie escucha ya. Salió tal vez por el miedo que tengo a lo que ocurre después: ella que se acerca y entra en mi habitación secándose las manos. Luego, todavía húmedas, las pone sobre mi cabeza y pregunta, como todas las noche:—¿Estás cansado?Antes de oír mi respuesta lanza una mirada al cuaderno, casi vacío. ¿Para qué ve el cuaderno? ¿Para qué me pregunta? ¿Cómo voy a contestarle que sí, que estoy rendido, exhausto de no haber escrito una sola línea? ¿Cómo lo va a entender si ella, mientras tanto, ha hecho una serie de cosas rudas; ha caminado pro toda la casa, llevando, trayendo, lavando, limpiando...? ¿Cómo va a entender que esas cosas, que se pueden hacer pensando en otras, no agotan como las que no pueden hacerse ni pensado constante, profunda, desgarradoramente en ellas mismas?Lo real, lo que se ve, no obstante, es que ella ha trabajado y yo no. Que ella viene a preguntarme si estoy cansado y que yo no sé qué contestar. Entonces hago a un lado, rabioso, el cuaderno, me irrita su ternura y aun sabiendo que no existe, simulo percibir un fondo irónico en su pregunta, y contesto con violencia:—¿Cansado de qué? Ya lo has visto, no he hecho nada. ¡Tú , en cambio, debes estar rendida! ¡Desde hace dos horas estás haciendo cosas importantes!Permanece callada un momento. Después dice:—Importantes no, pero hay que hacerlas... Y sí, estoy cansada. Buenas noches.¡Ya está! ¡Ahora la vergüenza de haber sido injusto¡ La severidad, la razón la eficacia están con ella siempre. Todo lo limpio y claro le pertenece. Es, ha sido toda su vida, un bello lago sin el pudor de su fondo. Se asoma uno a él y lo ve todo; lanza uno la piedra y puede contemplar su recorrido y el sitio en que por fin se detiene. No queda nunca zozobra ni duda; sólo remordimiento.Y después buscar la reconciliación, dar la excusa... Lo mejor es recurrir a explicaciones comunes: fatiga, nervios. Aunque la realidad sea bien destinada. Me gustaría decirle: —Te trato mal porque me molesta tu equilibrio, porque no puedo tolerar tu sencillez. Te trato mal porque detesto a las gentes que no son enemigas de sí mismas.Pero... ¡cómo voy a decirle esto a quien vive sostenida por su propia armazón, alimentándose de su rectitud, del cumplimiento de su deber, de su digna y silenciosa servidumbre!Pero tampoco puedo decirle: —Perdóname, tienes razón. Te trato mal porque he pasado toda la noche empeñado en hacer algo imposible, superior a mis fuerzas... porque lo sorprendiste y me avergoncé. No puedo porque provocaría una de esas escenas sentimentales que la obligan a decir cosas falsas, en las que ella no cree y que me dan la impresión de que me están untando pomadas en la cara: —No lo tomes así, no te desesperes... ¡Claro que puedes escribir! Lo que pasa es que hoy estás cansado, mañana saldrá mejor, ya lo verás. ¡Mentira! En el fondo ella tampoco cree que yo pueda escribir un libro; ¡ni le importa que escriba o no! Es decir, no le importa lo que escriba. Le gustaría que pudiera hacerlo, pero sólo como forma de tranquilizarme. Solo lo ve a través de mi cuerpo: mi peso, mi estómago, mi garganta... No se decide a interponerse directamente, pero tienen un sordo rencor porque intuye mi desaliento. Un día se atrevió, el único: —¡Deja ya esa locura, te estás acabando! ¡No sé por qué te empeñas en escribir! ¡La hubiera matado en ese momento! Pero todo lo hace por mi bien, por lo que ella cree que es mi bien. Lo comprendo perfectamente; por eso es más difícil la situación, porque no puedo evitar tratarla con aspereza cada vez que me ve escribiendo y me interroga, creyendo halagarme. Y después las explicaciones, las excusas, la vigilancia sobre mí mismo para no dejarme caer en la necesidad de ser consolado y confesarle lo que no quiero confesar a nadie. Entonces me da miedo hablar. Quisiera que bastara con acercarme a ella y mirarla profundamente. ¡Las palabras! Las palabras que tienen que explicarse, que matizarse, que contestarse. ¡Y pedir perdón! Esto es lo que temo, porque entonces afirma sus ideas, que son justas, pero que no lo son: Esto lo entiendo yo. No puedo explicarlo. Mi abuela me pidió perdón un día; un perdón tierno y altivo que no olvidaré nunca. Yo era su nieto preferido y merecía la distinción porque ella era mi abuela preferida. Cierto que no conocía a la otra, que vivía en España y que no me interesaba lo más mínimo, pero tenía buen cuidado de hacerlo notar: —Mis hermanas dicen que tenemos otra abuelita..., la tendrán ellas..., para mí tú eres la única. Lo decía para halagarla, pero cuando un día recibimos de España una carta de luto, anunciando que mi abuela había muerto, yo sentí un extraño remordimiento. Esto me hizo recordarla mucho más tiempo del que mis hermanas, que nunca la negaron, emplearon en olvidarla por completo. Mi abuelita me decía unas cosas que cuando estábamos solos me gustaban, pero que me avergonzaban en presencia de mis hermanas o de los muchachos vecinos. Siempre me comparaba con flores. Parecía que no había belleza en el mundo más que en las flores. Pero eso daba a su ternura un tono excesivamente femenino, que yo no podía tolerar más que en la intimidad: —¡Mi rosita de Castilla, mi rosita de Jericó, mi botón de rosa! Yo no me atrevía a pedirle que no me dijera en público esas cosas. Un día, sin embargo, fui rodeándola con preguntas: —Abuela, ¿qué es Jericó? —Jericó, hijo, es donde se dan las rosas más bonitas. Seguramente ella no sabía dónde estaba Jericó, porque inmediatamente explicaba: —Son unas rosas preciosas, lo dicen los libros. Tú eres mi rosita de Jericó. —Pero... abuela. ¡No me digas así, por favor...! No había forma. Ella se reía de estos brotes de hombría, me abrazaba y volvía a llamarme su rosita de Castilla, de Jericó y de otros lugares que ahora no recuerdo.

martes, 14 de junio de 2011

Poem #650

Pain – has an element of Blank
– It cannot recollect
When it begun – or if there were
A time when it was not,

It has no future –but itself –
Its Infinite contain Its Past –
enlightened to perceive
New Periods – of Pain.


Emily Dickinson

viernes, 10 de junio de 2011

escribir es un asunto de devenir...



Escribir es un asunto de devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida. Es un proceso, es decir, un paso de Vida que atraviesa lo vivible y lo vivido. (...) El devenir no funciona en el otro sentido, y no se deviene Hombre, en tanto que el hombre se presenta como una forma de expresión dominante que pretende imponerse a cualquier materia, mientras que mujer, animal o molécula contienen siempre un componente de fuga que se sustrae a su propia formalización. La vergüenza de ser un hombre, ¿hay acaso alguna mejor razón para escribir? Incluso cuando es una mujer la que deviene ésta posee un devenir mujer, y este devenir nada tiene que ver con un estado que ella podría reivindicar. Devenir no es alcanzar una forma (identificación, imitación, Mimesis), sino encontrar la zona de vecindad, de indescernibilidad o de indiferenciación tal que ya no quepa distinguirse de una mujer, de un animal o de una molécula: no imprecisos ni generales, sino imprevistos, tanto menos determinados en una forma cuanto que se singularizan en una población. Cabe instaurar una zona de vecindad con cualquier cosa, a condición de crear los medios literarios para ello...

martes, 7 de junio de 2011

¿cuerpo sin órganos versión Virginia Woolf?

"The body must go through the whole unending procession of changes, heat and cold, comfort and discomfort, hunger and satisfaction, health and illness, until there comes the inevitable catastrophe; the body smashes itself to smithereens."


Virginia Woolf - On being Ill

martes, 31 de mayo de 2011

Multiplicidades

"... aquí me hallo, esbozando un nuevo libro; pero, por favor, que no vuelva a convertirse en una carga enorme echada a mis espaldas, lo suplico. Que sea improvisado y tentativo. Algo que pueda ir yo sacando alguna que otra mañana, para descansar de Roger*: Pero para entretenerme, permítaseme este apunte ¿Por qué no Poyntzet hall: un centro: un debate sobre toda la lit. en conexión con un humor vivo, incongruente y real, e incluyendo cualquier cosa que me pase por la cabeza; pero rechazando el “yo”: reemplazándolo por el “nosotros”: a quienes al final se hará una invocación? ¿Un “nosotros”... que está compuesto de muchas cosas diferentes... toda la vida, el arte, y un sinfín de cosas dispersas –un conjunto incoherente y caprichoso, pero de algún modo unificado– mi actual estado mental? ¿Y la campiña inglesa, y una vieja mansión pintoresca– y una terraza, por donde pasean las niñeras? Y un trasegar de gente–y una variación y un cambio continuos desde la intensidad hasta la prosa. Y hechos –y notas."

Virginia Woolf, The Diary of Virginia Woolf, vol. 5, Edición de Anne Olivier Bell, London, Hogarth Press, 1984, p. 135.

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* La biografía que Virginia Woolf dejó inconclusa y en la que se ocupaba de Roger Eliot Fry, en su muy pecuilar técnica "biográfica impresionista".

viernes, 15 de octubre de 2010

experimentad!

Creo realmente que si no fuera escritora, si no fuera creadora, experimentadora, hubiera sido una esposa fiel. Valoro mucho la fidelidad. Pero mi temperamento pertenece a la escritora, no a la mujer. Tal división podrá parecer infantil, pero es posible. Quitando la intensidad, el chisporroteo de ideas, queda una mujer que ama la perfección. Y la fidelidad es una de las perfecciones. Ahora lo encuentro tonto y poco inteligente porque tengo planes de más alcance en mente. La perfección es una cosa estática y yo reboso de movimiento. La esposa fiel no es más que una fase, un momento, una metamorfosis, una condición.

(Anaïs Nin, Diarios, diciembre de 1931)

miércoles, 18 de agosto de 2010

.....



"I and nobody else am the greatest traitor"

Walt Whitman






Tradición y traición son a simple vista cosas distintas. Ahí donde una apunta a lo comunitario, al abrir el mundo desde y con la mirada de los otros, la otra quiere verse como una línea de fuga, como un renunciar que no sólo sea el abandono, sino más que nada una huída que al mismo tiempo hiere y abre una grieta en la imagen de ese horizonte común.


Pero a pesar de todo, traición y tradición no pueden darse una sin la otra. No se trata de una correspondencia dialéctica y exclusiva de los conceptos, se trata más bien del tipo de relación que mantienen dentro de una constelación de ideas y afectos en concreto, a saber, la vida.


La vida, ya sea que la ubiquemos como esa manifiestación biológica o incluso la vida misma del espíritu, de los conceptos y las ideas, la vida nuestra o la vida del todo, tiende a traicionar la tradición. Se trata en efecto de una tradición de traiciones consecutivas, cuya comprensión hace sentido cada vez que comprendemos qué se traiciona cada vez. Pero no basta con ello. No basta con saber qué se traiciona, hay que ver también a quiénes, en qué lugar y sobre todo cómo se pasa al acto de la traición.


La huella que la traición deja en la tradición, y que será ella misma tradición a la larga también traicionada, probablemente es lo que acapara el tipo de archivo en que se ha de convertir. En este sentido, incorporar a la tradición la huella, el registro de un traidor, es venganza contra el traidor mismo. Pero no hay enmienda.


Y a pesar de todo, ser traidor es la única vía de decir algo, no algo propio, nada es propio. Las traiciones son apropiadas por los agentes dobles que las ejecutan, pero no son privativas, tarde o temprano también los traicionarán a ellos. Traicionar sí, en efecto, requiere que ese escape diga algo a los que se quedan, que esa fuga o esa trampa puesta en escena grite y detone la estructura en la que se pone esa bomba. Pero no hay traiciones secretas. Que si las hubiera no lo serían del todo.


Traicionar es saber qué se traiciona, es saber que alguien ha roto ese flujo de orden, a veces sin saber realmente quién ha sido.


Probablemente hay todo un arte detrás de esto, pero de haberlo tendría que ser también paradójico, pues esa misma enseñanza, ese saber hacer, saber traicionar exige una primera prueba, traicionar este aprendizaje.


Los traductores lo han sabido siempre, traducir es traicionar, incluso ahí cuando lo que se busca es la fidelidad. Pero nada es más difícil que esto cuando los mundos colapsan enfrentados, abiertos uno desde las palabras del otro. Porque todo se mueve, el horizonte de pregunta, de respuesta, el punto de encuentro y hasta los sujetos, gramaticales o no. No hay fidelidad en la traducción. El traductor se traiciona a sí mismo con su trabajo.


¿Soy yo o es el otro quién se abre en este régimen de signos? ¿O se trata más bien de un avisamiento de un espectro? Algo atrapado entre dos dimensiones. Sin posibilidad de autenticidad, pues lo ha perdido todo, su origen y su destinatario. Un loop al modo del fantasma. Vueltas y vueltas. ¿Pero por qué habría que regresar o por qué habría de estar condenado a ese no-lugar, esa potencia de lo falso que parece ser lo dicho que no alcanza a decir lo que quería decir? Vueltas y vueltas, al modo de los animales enjaulados, trayecto repetido y aún así estar encriptado, ¿movimiento sin salida?....


Y de nuevo todo se repite. El fantasma, el deseo y lo no-dicho se asoman con cada traición, que no es ya una radical diferencia de la tradición. ¿Y por qué repetir? Ya no sabemos si repetimos porque reprimimos o reprimimos porque repetimos.


La traducción, que no es sólo cosa de lingüistas, está a medio camino siempre entre la traición y la tradición. La traducción abre siempre la culpa, pues muestra la incapacidad de mantenerse en lo dado y pone en acto -y en evidencia- el deseo como línea de fuga hacia lo otro. Traducimos tradiciones traicionando a los traductores previos. Se trata siempre de un acto malévolo, dar la palabra, incluir por la fuerza algo que no debía estar ahí, algo ajeno, una cosa de tontos, locos o extranjeros... ¿Pero por qué tiene alguien qué dar la palabra, por qué esa imposición del significar, de dejar la huella incluso cuando se pide que algo o alguien se diga a sí mismo, ¿por qué y de dónde viene esta compulsión por el habla y por la escritura?


Probablemente porque escribir es una cuestión de salud pública, sin duda, pero quién tiene el derecho de señalar los males? Por qué curar el síntoma con la elaboración escrita? Pues en este sentido, la escritura como transcripción de la experiencia, de los afectos en conceptos, es la traición, es una cura de éstos respecto a la vida de los primeros, a la vez que la afirmación de que la constelación de ideas que ahí se abren, pondrán de nuevo en cuestión el lugar de cada cosa... Es dar la muerte con la palabra.


Los escritores no son cosmopolitas porque sean hombres y mujeres de mundo, lo son porque están adiestrados en el fino arte de la traición. Todo escritor es un traidor a la patria. Lo primero que niega es el patrimonio, el propio y el ajeno. Un escritor abre grietas en el piso sobre el que está parado y su obra activa el mecanismo para que todo caiga. Todo escrito tiene algo de trampa mortal, se implanta en nuestro suelo sólo para hacerlo volar por los aires, para comunicarlo al tiempo que le quita su lugar propio.


Después de todo. ¿Qué es lo propio de cada escrito para el escritor? ¿La vivencia? La vivencia es cuestión de la experiencia, su entramado textual, su discurso, lo dicho desde él, no le concierne sólo a él. También involucra a los demás. ¿Pero en qué sentido? ¿Sólo en la medida en que el lenguaje es un afuera desde el que nos comprendemos en tanto que ya pre-dichos? Quizás. Hay que pensar más bien en la impropiedad del lenguaje. ¿De quién es el lenguaje? ¿Quién lo tiene? ¿Puede privársele a quien ha aparecido dicho desde él? ¿Corresponde sólo a los iniciados en sus usos y modos? No. El lenguaje es un patrimonio común pero desposeído. Los escritores abren esta vía, la del patrimonio de nadie...


Y no obstante, se dicen ahí, su descubrimiento, su entramado de ideas y vivencias, traiciona el acontecimiento para abrirse a los demás. Los archivos, traducidos o no, traicionados o no, llevan en sí mismos la condena de hablar, de hablarnos y aún más de decirnos. Pues nos dicen desde ahí, desde la desposesión como encuentro, que no es otra cosa que encontrarnos desde otro lugar, desde un sitio que no es el nuestro y que nos hace evidente que no tenemos lugar en el mundo, no por naturaleza, sino por apropiación, siempre por una ejecución de un acto de empoderamiento que exige a su vez su fin, su acabamiento mediante la invocación de otras traiciones....