muy ágida. Ni muy nueva ni muy vieja. Ni creible ni increíble. Voz del pueblo, pues. No más. Pero es fácil creer en lo que Ferraby Corazóndeleón ve tras su cabeza, con sus dedos ha visto el amor, por ello canta lo que ve, como lo ha hecho siempre el pueblo, que los ojos canten con las manos y la voz, y a qué cantar, al amor, ese desencantado canto sin grandilocuencias, puro baile nihilista, bailar sobre una colina desprovista de auténtica realidad, y eso es todo folkies, bailar despojados de un amor al sentido dado por las grandes alegrías. Así entonces, ¿a qué cantar pues?, a la nada que habita nuestras verdes vidas, nuestras verdes casas, bajo un árbol, bajo el mundo, creyendo que podemos enamorarnos de la vida de nuevo, regresando al punto de partida, dejando de lado la totalidad de lo político, concentrando el camino de las cuerdas en el paso por la carne y por los labios de cereza, durmiendo en el sol, amando a través del dolor y regresando por más, porque nunca basta, no, el amor nunca basta, así entonces, a qué cantar antes que muéramos, porque podemos odiar, porque podemos amar, bajo un árbol, bajo el mundo, podemos enamoranos de nuevo del cruel beso de una cereza, podemos envenenarnos de nuevo en el cruel canto de un sol que deviene ocaso. Sí, yo aún creo que hay a qué vivir de nuevo cuando escucho la voz del pueblo.
Durmiendo en el sol y comiendo en un tren. Preocupándonos por las pérdidas, las que van y las que vienen. Y de nuevo y de nuevo. Eterno retorno del transtorno. Podemos drogarnos con la narcótica idea del amor por la muerte en un prado rosa. Eterno trastorno del retorno. Todo idéntico, el amor y el odio. La vida y la muerte. Todo en un instante idéntico.¿No es acaso este un planeta pequeño?, ¿No lo ha sido siempre?, La nieve, los carros, los niños que aprietan las manos en los juegos. Todo es inmediato. Aquí, en lo verdaderamente público. Aquí, en lo verdaderamente eterno. La inmediatez que nunca se va. Que se disfraza de un mundo grande, grandilocuente. Elaborado, editado, proyectado, transfigurado por la totalidad del absoluto. No. No y no. ¿No es acaso este un planeta pequeño?, ¿Que no lo ha sido siempre, siempre pequeño?, Así, a qué proyectar la vida, a qué proyectar los sueños de todos los que nacemos en espacios pequeños, con redes pequeñas de relaciónes emotivas, porque no amamos a todos. No. No y no. A qué vivir entonces: vivir a complacencia de la vacuidad de sentido terrenal. Seamos rápidos como el día, la piel y los huesos.
Esperémos alrededor de esta tierra. Tierra del pueblo que somos todos, sin unirnos, en nuestra contingencia, en nuestra distancia confrontada. El pueblo que somos desde la individualidad, el yo abierto por el nosotros de la configuración mundana. Sí, pero afirmando la finitud. La música del hogar es la que abre el mundo en su pobre grandeza, en lo absurdo de la historia. Ahí donde el mundo no va más allá, donde el mundo es mundo propio. Mundo cercado por el tiempo de la propia vida, ahí el mundo no es historia. Ahí el mundo es pueblo. Porque el pueblo es muchas cosas el folk también es muchas cosas, las evocaciones que manan de las cuerdas de una voz y una guitarra pueden reconstruir más de un paisaje lleno de colinas y flores rosas y plateadas. Sobre todo hoy día, que el espacio de lo público es una polución de imágenes narcóticas en secuencia interminable. Pero, como ya es claro...,
¿No es acaso el mundo un mundo pequeño?, ¿No acaso lo ha sido siempre, siempre mundo y siempre pequeño?Y el folkie este nos canta esto. Y no es necesario ser valiente. El apellido lo lleva de sobra. No hay valor que se necesite para gritar con las cuerdas de una guitarra, el total desacuerdo con la razón histórica del arte. Así, con lo inmediato negamos lo absoluto. Con el pueblo negamos la totalidad de los pueblos. Cantemos pues a lo absurdo, al abismo de lo cotidiano. Como lo ha hecho siempre el gran folk. Cantando a la inmediatez, luchando con aliento de frutas frescas por ganar el espacio creado con los amigos que van y vienen. Bajo un árbol. Bajo el mundo. Podemos elevarnos. Podemos amar. Amar el retorno del amor. Amar el retorno de lo eterno. Amar el retorno del eterno trastorno. Qué otra cosa es el folk sino el canto desprovisto del gran mundo. El canto desprovisto de la tradición histórica. Afianzado sólo en la pura aparición de lo ya dado, de lo ya dotado de sentido. Que el evento único, radicalmente creador de sentido lo cante algo más, alguién más. El folk no es vanguardia. El folk es vacío. No hay con quién dialogar. No hay tradición. Todo está ya dicho. El amor. Y nada más. El folk es la nada de la cotidianidad. No hay abismo que avance. Pues no hay a dónde seguir. El folkl es vacío de sentido en la cotidianidad. El sinsentido del mundo en su grandeza. El amor. Y nada más.
