
Qué terrible es la hora del gato. La hora del gato es cualquier hora en la que busco tu cara. Tu cara que por años me hizo frente por más tiempo que la mía. Estaba tan acostumbrado a verla que era casi mi principio de identidad. Mis días se narraban con tu cuerpo desplazándose por el departamento, eras pura escritura en technicolor. La hora del gato no es precisamente mala, pero pesa; dota de cierta densidad las horas y los minutos. Incluso los juguetes se tornan malvados. Te reclaman. Y lo peor de todo, me asalta el abismo poético -barato- de adolescente suburbano. Maldita hora del gato. Espectral. Espectral en un registro sonoro, pues busco ese `meawww´ que lanzabas entrecerrando los ojos y levantando la trompita... Te quiero escuchar mientras cierro un libro o un cómic acostado en mi cama. Pero no hay nada de gato. Gato no more. En fin... Abro Secret Invasion, huelo la tinta y pienso lo que me decías hace poco: "esta Biblioteca Marvel es el Así soy y qué de los cómics." Embrace the change. Eso trato de hacer cada día. Es más, ya me sé mi rutina: "No pienses en él", "Estás pensando en él, deja de hacerlo", "¿Otra vez, wey?, ¡ya no mames!" Y lo peor de todo: funciona. Me sorprendo cantando mientras cocino para Tania, o bailando mientras escucho música (Grimes -no sale de mi cabeza-, Lykke Li, Bach, Mahler, Feist y PJ Harvey han sido mi suelo en estos últimos meses). Pero no quiero acostumbrarme del todo; de repente me da vértigo no escuchar los maullidos, saber que me estoy desplazando y ya ni siquiera a otro nombre, sino a un cuidado de mí, que bien puede tacharse de madurez -en el fondo me surge la duda, pues pienso que sí, y eso me resulta increíble-, pero bien puede ser algo más... Extraño cuando la hora del gato era toda la tarde y la noche. Sobre todo ahora, que por mucho que intento no recuerdo tus defectos, pero sé que estoy más feliz, incluso en días en los que estoy taciturno y sombrío como hoy... Pero pienso en ti, mucho, mucho mucho... Gato.