martes, 14 de agosto de 2012

(Explosiones justo ahora que lo evoco)

Me sigue costando trabajo escribir de manera directa, sin atravesar lo que quiero decir por imágenes encriptadas, pero esta vez me lo he propuesto: simplicidad, sobriedad y una confesión clara y directa; fluidez franca y nada de neurosis.
La cuestión es muy sencilla: estoy contento con una intensidad fulminante por primera vez en mucho tiempo. Es cierto que ya estaba contento en las últimas semanas, pero a ratos había oleadas nostálgicas, no tan frecuentes pero profundas.
¡Pero este contento!, ¡uf!, ¡cómo explicarlo! No recuerdo la última vez que estuve así con motivo de conocer a alguien y sentir esas explosiones supernova en todo el cuerpo. ¿Años? En realidad, prefiero no acercarme a esos datos, ya importan menos, es cierto, pero más que nada, lo que buscaba era un referente. Ya está. Hay que movernos hacia otra zona que eso es lo realmente quería exponer:

Contento. Alegría. (Explosiones justo ahora que lo evoco) 
                                                Cierto juego de ligereza e ingenuidad.

Intensidad pura de nuevo. Estas palabras mismas son muestra de ello. Me da lo mismo caer en una que en otra, lo que me mueve es el impulso casi infantil de relatar esto que ha acontecido sobre mí.

Si he de ser honesto, ni lo quería ni me lo esperaba, de hecho, me esforzaba por no caer aquí, me he montado este juego del:

-Sabes, vengo saliendo de una relación muy larga, no quiero novio ni nada parecido.

"En este momento soy un bloque de frío puro en el desierto del deseo"

#soydarks

(Imágenes ¿encriptadas? y patéticas –salgamos de ellas, hueva)

Le vendí esta idea a los que estaban allí. Antes de eso yo mismo la compré. Incluso, creo, la convicción era particularmente mía: "No está bien iniciar nada con los pedos que traes encima", "No vas a empezar nada ahorita we, tienes mil cosas por hacer", "No está chido lanzarte al primer wey que te mueva algo". Funcionó. Funcionó muy bien. Había weyes encima -poca madre algunos de ellos-, el coqueteo, el juego, la onda sexosa (otro ¡uf!, renací varias veces en estos planos),
 pero con esto siento algo más, siento que
siento que
siento  que .    .    .
No,
 no encontré la palabra.
No.

Se me escapa si lo quiero cercar con mis trampas. Pero dejémosla en las palabras simples. Se trata de algo simple: emoción de esa que sabe a experimentos con juguetes Mi Alegría, el encuentro de un par de niños que juegan a bailar solos en un cuarto y a hablar sobre bichos y planetas.

Incluso –de nuevo– he podido vencer el pudor neurótico, me vale madre quién lea esto, lxs alumnxs, mis cuates o los amigos de mi abuela, que lo lea quien pueda y quiera. Yo voy.

De hecho, lo que me sorprende es justo esto, en estos meses claro que había sentido cosas chingonas al dar el rol, en las chelas, el café, ¡uf!, entre sábanas –insisto, insisto y doy mérito, estoy pensando en concreto en habitantes de Coyoacán y la Juárez–, es decir, la diversión o el buen rato estaban a la orden del día, y francamente yo estaba dado a ella en términos de frialdad y cinismo: "hay más weyes en esta ciudad que tiempo para cogértelos, y si además son buen pedo, tanto mejor..."
Pero me he salido de esa órbita.
          Un meteoro en potencia me ha sacado, creo. Tal vez sea eso.
Eso y las luciérnagas.
       Las luciérnagas y la habitación verde.
                El beso que nadie planeó en el pasillo concomitante.
                        Bailar bajo estrellas que rojas te vuelan la tapa del cerebro.
Una sonrisa que de tan maravillosa puede partirte en dos y hacerte pensar/sentir: "puedo ser poca madre, con tal de ver esto de nuevo, soy capaz de guardar de nuevo los prejuicios en esa caja de mierda, lo que quiero, lo que realmente quiero es volver a ver esta sonrisa invitándome a desvanecerme sobre este colchón en el que salto como niño de 8 años. Quiero esto."
 (Más explosiones justo ahora que evoco este baile)
     ¡Y la piel!
            De nuevo la profundidad de la superficie.
                 Ya no desde Deleuze o Artaud sino desde la alegría que sólo te lanza al espacio infinito, la piel viva como en el deseo sexual de un adolescente: tocar el otro cuerpo y no saber qué es lo que hay más, si ganas de coger o ganas de quedarte allí viendo su cara y su torso el resto de la noche, quedarte en sus cejas un día,  dos meses en sus piernas, un año en su verga, mil y un instantes en su cabello.                                       Una eternidad abierta en la mirada. 
Un bloque de tiempo que cae en vertical, sobrepasando el tiempo horizontal de mis expectativas neuróticas.
                   De allí el contento y la alegría.

                                  Ya no sé qué más decir.  (Más explosiones justo ahora que evoco esta piel)

            Por eso, me basta con decir el contento, con señalar que puedo invocar la fertilidad que brota de ese wey tierno que puedo ser cuando algo realmente me provoca, las ganas de volver a construir un mundo ahora, esta vez, con más inocencia de lo que jamás lo he hecho. Con una inocencia ganada a costa de reconocer que todavía hay cosas que no se pueden esperar. Me ha llegado el mesías no-invocado.
Es tan simple como el que la felicidad me guiñe el ojo y yo quiero ir y darle un beso en la mejilla, pero más bien cogérmela de una sola vez, y decirle: "estás aquí y yo también".







No hay comentarios: